viernes, 25 de mayo de 2018

Lecturas: Mi vida con Goebbels (Brunhilde Pomsel y Thore D. Hansen)



El subítulo miente, también el título. Y la coautora. Y el que no miente, el coautor, aburre y sobra y es prescindible. Vayamos por parte mientras lo explico con desgana y con ánimo de terminar pronto este comentario. El título reza Mi vida con Goebbels. Tal cual. La autora (la iremos llamando así en vez de coautora a falta de despachar de un bostezo al coautor), que escribe o habla desde los 106 años de su edad, pasó justamente tres trabajando para Goebbels. No una vida. Primera gran mentira. A Goebbels lo conoció al pasar a trabajar para el Ministerio de Propaganda del Reich Alemán en 1942. Y Goebbels se masacró, junto a su esposa e hijos, en 1945. Si Pomsel lo hubiera conocido en 1933 cuando llegaron al poder los nazis, sin ser entonces una vida sino doce años, pues le hubiéramos permitido ese abuso editorial.

Si vamos al subtítulo, tenemos que el libro se reclama así: La historia de la secretaria de Goebbels: lecciones para el presente. Otra mentira: Pomsel no fue LA secretaria de Goebbels, sino una trabajadora más entre las muchas que estaban prestando servicio en el ministerio cerca del despacho de Goebbels. Al que trató tangencial y episódicamente, con el que compartió, entre otros invitados, una cena en la que apenas le dirigió la palabra. Eso es todo. Lo nque cuenta interesa, en todo caso, como el relato de una juventud alemana con alguna vecina judía y algún jefe judío que desaparecieron de escena mientras ella miraba a otro lado. Y nada más. Con estilo sencillo la mitad del libro es la transcripción reordenada y corregida de sus palabras para un documental), Pomsel refiere su infancia, su vida laboral y su detención por el ejército rojo y su internamiento en un campo de prisioneros por una temporada del que nada dice.  Sirve, sí, para ver cómo desde la extrema ancianidad se quita hierro a los recuerdos, se seleccionan y se queda con los que más le exculpen. Algo normal, ya que no fue una nazi beligerante ni tuvo poder alguno. Así, Pomsel escribe  Antes de 1933, nadie les prestaba ninguna atención a los judíos, todo eso se lo sacaron de la manga los nazis. El nacionalsocialismo nos inculcó que eran otra clase de personas. Y luego eso desembocó en el programa de exterminio. Nosotros no teníamos nada en contra de los judíos. Al contrario. En este plan. Y cuando los judíos desaparecen se cree la mentira oficial de que se marchaban a ocupar los huecos que dejaban los alemanes retornados a Alemania desde lugares como los Sudetes checos: Y nos lo tragamos, sí, nos creímos hasta la última palabra […] Hoy nadie nos toma en serio, todo el mundo cree que estábamos al cabo de la calle de todo lo que pasaba. Pero se equivocan. No teníamos ni idea. Todo se silenciaba y nadie sabía nada.

Y acabemos con la lectura boba con el coautor abusón. Thore D. Hansen se ocupa de recomponer el testimonio de Pomsel (que ni pasó la vida con Goebbels ni fue, en justicia, su secretaria. Insisto: fue una secretaria de tantas en el Ministerio). Lo que hace, abusivamente, es ocupar el 37% del libro con un epílogo plasta titulado La historia de la secretaria de Goebbels. Una lección para el presente. El típico alegato plasta sobre los peligros del populismo (muchísimo de Trump por aquí, algo de Erdogan por acá) para que no hagamos lo de Pomsel y no se repita aquello. A lo más, Hansen aduce algún dato interesante, como que el 40% de los alemanes sabía del Holocausto antes del fin de la guerra. Pero este dato está embutido dentro de un discurso aburrido, sosaina, soporífero, previsible. Para un libro insustancial.

Lecturas: Argentina. Un siglo de violencia política. 1890-1990. De Roca a Menem. La historia del país (Marcelo Larraquy)


La historia de las naciones suelen ser terribles. La de Argentina (siempre lo he afirmado: mi segunda patria) como nación independiente, lo es. Si vamos al siglo XIX (y enumero de memoria), encontramos la rivalidad entre Lavalle y Dorrego, la tiranía de Juan Manuel de Rosas y su banda armada La Mazorca, las guerras civiles por un quíteme usted esa federación o confederación, la Campaña del Desierto de Julio Argentino Roca (presidente más adelante) que exterminó a los aborígenes argentinos con saña (algunos sobrevivieron, pero el recuerdo de aquella guerra bárbara sirve como argumento en discusiones en torno a nuestra negra leyenda). Y al llegar 1890, una revolución en toda regla. Que es la que inicia este relato, turbulento como pocos, de Marcelo Larraquy (de quien disfruté hace unos años su extraordinario Galimberti: de Perón a Susana, de Montoneros a la CIA, escrito junto a Roberto Caballero).

El libro tiene el propósito de analizar la violencia como motivación política en un siglo de historia argentina. Entender por qué se mataba. En nombre de qué o de quiénes. Con qué fundamento. Sobre qué bases. Con qué finalidad. De qué manera. Efectivamente, Larraquy lo consigue. Desde el levantamiento radical (léase de la Unión Cívica Radical, el partido que dio algunos de los mejor intencionados presidentes de la nación, siendo el más recordado en España Raúl Alfonsín, y en Argentina Arturo Illía) en el Parque de Artillería de Buenos Aires comandado por Leandro N. Alem hasta el estúpido intento de ocupar el cuartel de La Tablada, un siglo de sangre y drama es el que Larraquy con soltura recorre. Leer este libro es conocer la historia contemporánea de Argentina. Así, con el levantamiento de Alem de 1890 (acá aprovecho para citar unos versos de la Milonga del 900 de Homero Manzi con música de Sebastián Piana para posicionarme en términos argentinos: Soy del partido de todos /  Y con todos me la entiendo / Pero váyanlo sabiendo: / Soy hombre de Leandro Alem) se inicia un periodo de revueltas radicales (laicismo, reforma laboral, leyes obreras) que se irán entreverando con el terrorismo anarquista (/es una época en que Buenos Aires contaba con una población de medio millóhn de habitantes, de los que trescientos mil eran extranjeros) y la persecución de las ideas heterodoxas a partir del golpe de estado de 1930 contra el radical Bernardo Yrigoyen, primero de la larga serie que jalonará el siglo XX cambalache problemático y febril.


Aquel golpe de 1930 llevó al poder al general José Félix Uriburu. Que se adelantó en 46 años a la dinámica asesina de Videla y los suyos: La represión del gobierno de Uriburu no seguía un manual de procedimientos determinado. Las víctimas atravesaban distintas etapas: el secuestro, la desaparición, las torturas, el simulacro de fusilamiento, un estado nebuloso que podía conducirlos a la muerte o a la libertad. Responsable principal de aquel régimen terrorista fue Leopoldo Lugones, perfeccionador de la picana eléctrica, e hijo del poeta del mismo nombre (y uno de mis favoritos, añado) que también fue ideólogo del mismo con sus llamamientos al golpe porque era llegada la hora de la espada. Consecuencia de aquella ruptura será el régimen de Perón, llegado al poder por las urnas pero golpista él mismo en 1930 y en 1943 y que marcará toda la historia de Argentina prácticamente hasta la actualidad. De Perón afirma Larraquy que aunque Perón jamás rompió las reglas de juego político-institucional, las tensó de tal forma que la sociedad quedó dividida en torno a su liderazgo. Y, añado yo, sigue dividida desde entonces.



Abunda Larraquy: Perón concibió a la fuerza policial como un cuerpo político. En sus dos primeras presidencias, esa institución vigiló, encarceló y torturó a dirigentes políticos, gremiales y estudiantiles de la oposición; también fue un obstáculo para las conspiraciones internas de los militares contra el gobierno. El propio Perón tampoco escatimará amenazas de violencia. Aaí, el 2 de agosto de 1947 formulará ésta: Yo les aconsejo siempre a nuestros capitalistas que sepan dar el treinta por ciento s tiempo, porque si no van  a perder todo, hasta las orejas... Si no lo entienden, yo  les he dicho también que el día que las masas se lancen a colgar, yo no voy a estar de parte de los que deben ser  colgados; preferiré estar del lado de los que cuelgan. Puestos a ser precursores de terrores futuros, bajo el mandato de Perón abundaría la figura del desaparecido y se presentarían, aunque fuera en forma de acusación, los primeros “vuelos de la muerte”. Veamos: Los panfletos impresos por la militancia de la Acción Católica fueron uno de los resortes que tuvo la Iglesia para defender sus espacios y conspirar contra la estabilidad institucional. Eran repartidos en las instituciones católicas y estudiantiles, y entre las Fuerzas Armadas. La ofensiva pastoral denunciaba no solo las torturas del peronismo, sino también más de cuatro mil casos de desapariciones. Los panfletos presentaban casos improbables de esqueletos que habían sido descubiertos bajo tierra en los basurales de la ciudad, en el actual empalme de la avenida General Paz con la Ruta Panamericana, y también mencionaban cadáveres transportados por aviones y arrojados al Río de la Plata. También se referían a quemas clandestinas de opositores a Perón en la Chacarita, organizadas por la Policía Federal, con conocimiento de su jefe, el general Miguel Gamboa. Aunque las desapariciones no podían ser constatadas con nombres y apellidos, la información circulaba en la sociedad y comenzaba a roer el tejido político oficialista. Sea cierta o no la acusación, es bajo el peronismo cuando se da la primera desaparición política bien documentada, la del médico comunista Juan Ingalinella en junio de 1955: Se cree que el cuerpo de Ingalinella fue tirado al río Paraná o cremado. Fue el primer caso de desaparición forzada por razones políticas.



                Para acabar con Perón murieron algunos centenares de civiles (el bombardeo de la Casa Rosada y Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 fue relatado por mí en mi novelita Memorial de Santa Elena, publicada por Arguval en 2004). Después morirán otros cientos a causa de la represión de los regímenes militares que le siguieron. Pero también Perón alentó el asesinato de los opositores, que desde el peronismo son llamados gorilas. Leamos palabras del propio Perón una vez depuesto: El enemigo debe verse atacado por un enemigo invisible que lo golpea en todas partes, sin que él pueda encontrarlo en ninguna. Un "gorila" quedará tan muerto mediante un tiro en la cabeza, como aplastado "por casualidad" por un camión que se dio a la fuga. Los bienes y las viviendas de los asesinos deben ser objeto de toda clase de destrucciones mediante el incendio, la bomba, o el ataque directo. Esta lucha debe ser implacable, recordando que en cada "gorila" que matemos está la salvación de muchos inocentes ciudadanos que si no, serán muertos por ellos. Los gorilas deben llegar a la conclusión de que el pueblo los ha condenado a muerte por sus crímenes y que morirán tarde o temprano en manos del Pueblo. Los medios para eliminarlos importan poco, hemos dicho que a las víboras se las mata de cualquier manera.

                Una vez depuesto Perón e iniciada una despareja Resistencia Peronista que en los años 60 desembocaría, al calor del guevarismo y financiada desde la  Cuba castrista, en una guerrilla y terrorismo que llevará al país al filo de la revolución y la guerra civil para desembocar en el golpe de Videla de marzo de 1976, el ejército argentino, que irá derribando a presidentes civiles como Arturo Frondizi en 1962 o Arturo Illía en 1966, se dividirá en dos facciones enfrentadas, siendo la vencedora en ese pulsa la facción llamada azul y encabezada por el general golpista Juan carlos Onganía (1966-1970): Para los azules, "más allá de sus abusos de poder y su demagogia", el peronismo era una fuerza nacional y cristiana que había "salvado" a la clase obrera del comunismo. Si se lo proscribía, en cambio, se los forzaba a la insurrección o a las acciones gremiales conjuntas con la izquierda, como había sucedido en las huelgas petroleras y en el frigorífico Lisandro de la Torre.



                Los intentos de reconducir el peronismo a un papel moderador serán baldíos y trágicos. Alentador de la violencia con tal de volver al poder, desde su exilio madrileño Perón irá mimando a esa juventud maravillosa que moría y mataba al grito de Perón, Evita, la Patria Socialista. Al regresar al poder, romperá con todos ellos y apostará por los que claman por Perón, Evita, la Patria Peronista y consentirá la aparición de la triple A (Alianza Anticomunista Argentina) de José López Rega. Fue criminal la guerrilla de Montoneros, FAP, FAL y ERP. Fue criminal la Triple A. Fue criminal el régimen de Videla (Larraquy detalla toda esa violencia y su organización, que será especialmente minuciosa durante el videlato).Y fue estúpido, cerrando el ciclo, el intento en febrero de 1989 de asaltar el cuartel de La Tablada en Buenos Aires: 11 soldados y policías y 32 guerrilleros muertos en plena agonía de la presidencia de Alfonsín mientras Menem afilaba sus patillas. Son cosas de mi dulce y áspera Argentina. Hoy es además 25 de mayo, fiesta patria de aquella gran nación. Entre tanta sangre y amargura, entono su himno y repito Al gran pueblo argentino, salud.

martes, 15 de mayo de 2018

Lecturas: La profanación. El robo de las manos de Perón. El secreto mejor guardado de la Argentina (Claudio R. Negrete y Juan Carlos Iglesias)



Una vez más, un libro sobre Perón. Y el segundo que cae en, ejem, mis manos sobre el destino incierto de las de Perón. El anterior fue Nabot, Damian, y David Cox: Perón, la otra muerte. Buenos Aires: Ágora, 1997. En aquella ocasión, aunque algo ya sabía del caso, sucedido en 1987, el libro, del que ya poco recuerdo, me dejó un regusto sensacionalista, de testigos desaparecidos en circunstancias sospechosas. Pura mafia y novela negra. El que ahora nos ocupa tiene los mismos mimbres, y con una insistencia machacona en que al juez Far Suau lo asesinaron. Pero vayamos por partes. 



Muñeco de Perón hecho por el artista (peronista) Daniel Santoro


En julio de 1987 tres políticos peronistas recibieron una nota firmada por “Hermes IAI y los 13” acompañada por un trozo del poema que Isabel Perón había escrito en homenaje a su marido y dejado enmarcado en el interior de la cripta del panteón familiar en la cripta familiar del cementerio porteño de La Chacarita. Esa nota decía lo siguiente: 


Por la presente llevo a su conocimiento que con fecha 10 del corriente mes y año, el grupo al cual represento procedió a retirar o amputar las manos de los restos de quien en vida fuera el teniente general Juan Domingo Perón, en la bóveda ubicada en el cementerio de la Chacarita, sito en esta, por ahora, capital federal , hallándose manos, anillos y el sable del nombrado a buen recaudo y por ende en nuestro poder. Trataré de ser breve y explicar los motivos de dicha acción. En el año 1973, el general contrajo por servicios que le fueron prestados la deuda de ocho millones ($ 8.000.000 USA), la cual posteriormente nunca abonó al igual que sus posteriores sucesores políticos, por lo tanto ésa es la suma que exigimos por la restitución de sus manos. Somos conscientes de que nos enfrentamos a todo el país, a todas las fuerzas de seguridad, policiales y diversos organismos de inteligencia con los que cuenta el Estado, como también lo somos de que de no cumplirse con lo reclamado o ante cualquier eventualidad desfavorable a nuestros intereses dichos restos serán destruidos y pulverizados lo que dejará al ilustre prócer incompleto para toda la eternidad, al igual que el museo que piensan erigirle. Si tanto el movimiento como el gobierno quieren aprovechar dicha circunstancia para hacer política no nos incumbe, sólo hay una realidad, y es que si en el lapso de 15 días a partir del primero de julio del corriente año no fue finiquitada la presente operación, manos y sable correrán la suerte anteriormente mencionada, de usted depende el final de esta historia o mejor dicho la responsabilidad histórica de los acontecimientos. 


Como muestra de veracidad de lo expresado, se adjunta a la presente la mitad de la carta escrita por la viuda del general, señora María Estela de Perón, la cual se encontraba en un marco sobre el “ex nicho blindado” que guardaba los restos del extinto. Como primera medida, y para saber si nuestras exigencias fueron comprendidas o aceptadas, el día primero de julio (miércoles) colgar ante las ventanas del primer piso de esa sede partidaria dos banderas justicialistas. De no ocurrir así, interpretaremos que no existe interés por lo que no esperaremos los días mencionados y procederemos de resultancias. Se deja constancia que nuestra comunicación será por este medio. Lo saluda a usted muy atentamente. 

HERMES IAI y los 13 


Efectivamente, el panteón había sido asaltado, profanada la tumba, cortadas las manos y hechas desaparecer junto con la gorra y el sable del general. También el poema enmarcado, que acompañaba fragmentado ahora las tres copias de la carta como señal de autenticidad. Nada volvió a saberse de las manos ni del sable ni de la gorra, ninguna comunicación, ninguna respuesta oficial. La policía se puso en marcha con nulos resultados, aparecieron anónimos y delatores que sirvieron sólo para embarrar la investigación, murió el juez Jaime Far Suau, en accidente de tráfico que al menos Negrete y Suárez tildan de asesinato, murió tal vez por una paliza uno de los sepultureros que estaba de servicio la noche de autos, murió a consecuencia de un ataque Carmen Melo, una mujer que deambulaba por el cementerio a horas no habituales, y sobrevivió a un atentado el comisario Carlos Zunino, mano derecha de Far Suau. Todo muy chocante. Para los autores (Cox y Nabot apostaban por una implicación de la masonería de la logia Propaganda Due y su líder, Licio Gelli), recogiendo palabras de un testigo, lo sucedido pudo ser “una operación política realizada por resabios de los servicios de inteligencia de la dictadura o algún grupo interno del peronismo que bien podrían ser los Montoneros”. También llegan a la conclusión de que “De los distintos informes e interpretaciones surgidos en todos estos años aparece como denominador común la probable participación de ex miembros de las fuerzas de seguridad, uniformados y civiles, en la profanación”. Atrás quedan interpretaciones como una posible venganza masónica o las noveleras de que las manos eran necesarias para usar la huella dactilar para acceder a una cámara acorazada en Suiza (una tecnología que aún no se usaba) o la recuperación de un anillo con un código grabado que daría acceso a ese tesoro.

Han pasado treinta años. Nada más se supo. Nada más se sabe. 




jueves, 26 de abril de 2018

Lecturas: Memorias tergiversadas (Jorge Asís)

Con lo que a mí me ha gustado Jorge Asís.

Con esa frase solitaria bastaría para dejar terminada esta reseña brevísima. De él hay libros (el inevitable Flores robadas en los jardines de Quilmes, el amargo y suburbial Carne picada, incluso el discutible Partes de inteligencia) que me han gustado mucho. Y he aquí que doy con sus memorias y en él no cuenta nada interesante. Por mucho que haya por medio su descrédito por haber sido un autor de éxito, su connivencia con el menemismo con prebendas y cargos públicos, su aventura política (peronista) en la que optó a optar a la vicepresidencia de la nación, por mucho que llene páginas y al final introduzca de matute algunos relatos innecesarios, no hay en este libro nada que lo haga recomendable. De Néstor Kirchner se limita a llamarlo "Notable constructor de poder. Líder de culto y fenómeno delictivo. Al mismo tiempo". A Menem lo nombra, pero poco más. A Sabato también, reconociendo algún café y que le caía bien. Algún fragmento memorable, sólo uno, cuando recuerda una entrevista con público:

Lo primero que le preguntaron fue si en la Argentina se registraba un “genocidio cultural”.

Para la sinopsis, carece de sentido enredarse en la dilucidación. Si existió aquel genocidio o no. Aquí se equivocó.

“Hubo represión política, hubo violencia, asesinatos desde el poder y hacia el poder, pero hablar de genocidio cultural es, a mi criterio, una exageración.”

“Peor que un exceso, se trata de un error”, dijo. Giro que utilizó una vez el admirado marqués de Talleyrand y prefirió hacerlo propio.

“En Argentina la gente aún leía libros, iba al cine, festejaba campeonatos de fútbol, hacía el amor, se expandía asombrosamente el adulterio, las librerías estaban abiertas, en cualquier subte se encontraba algún joven con un libro de bolsillo de Chejov. Y abundan los vernissages siempre bien regados, como corresponde, con pintura relativamente interesante. Claro que hay presos, en cantidad, pero Buenos Aires dista de ser un enorme campo de concentración con puestos de torturas en las esquinas.”

Dijo. Cuando para seducir debía asegurar que era un enorme campo de concentración. Aunque le costara volver.

Aparte de esto, nada. Poco. Minucias. Pérdida de tiempo. De tinta.

  

lunes, 9 de abril de 2018

Lecturas: José Antonio. Realidad y mito (Joan Maria Thomás)


Son éstos, tiempos en que se usa el término fascista con una facilidad escandalosa. Así, fascistas de izquierdas no dudan en llamar fascistas a quienes no lo son. Basta con no comulgar con las ideas del contrario (yo acabo de hacerlo, a sabiendas) para ser ubicado en las filas falangistas, mussolinianas o incluso nazis. Yo, que he tenido un abuelo falangista (custodio su carnet de 1937) y he pasado por las filas tardías de la Organización Juvenil Española, heredera de aquel Frente de Juventudes por el que pasó forzosamente mi padre, he sido llamado, con ligereza, fascista. No voy a defenderme. Ni tampoco a atacar. Aunque podría hacer ambas cosas.

Diré que este libro sirve para conocer mejor, mucho mejor, al fascismo español y a su líder y máxima leyenda. De él iré desgranando los datos que más me han llamado la atención. Con este título alcanzo la media docena de monografías leídas sobre el asunto. Si fuera, queridos fascistas de izquierda, un fascista a la manera joseantoniana, hubieran sido muchos más. Al lío.


El tuteo pretendía dar muestra en el seno de la organización de la voluntad de crear una nueva sociedad política, a la vez antidemocrática, antiizquierdista y antiseparatista, pero también anticonservadora. Ojo, el autor ha dicho anticonservadora. Algo que efectivamente fue la Falange, animada de un carácter revolucionario con el que acabó quien fue su enemigo, Francisco Franco.

La Falange, en cambio, era partidaria de la separación de la Iglesia y el Estado. Más de lo mismo, de su carácter anticonservador. A lo que se suma que tampoco se declarase monáquica, siéndole indiferente la forma de Estado.

Los rasgos del carácter de José Antonio: Seriedad, orgullo, exigencia propia, rigor, cólera, agresividad, ironía, sarcasmo, alegría, despreocupación, simpatía; aunque también timidez. José Antonio Primo de Rivera era todo eso. Un carácter fuerte, sin duda. Y atractivo, seductor y carismático para al menos parte de los que le conocieron.

A los que, desde mi aborrecida izquierda radical (en su tiempo me declaré anticomunista, que equivale a defender la democracia como objeto central de mis ideas políticas, y en ello sigo) llaman, en un rasgo de ingenio pueril falangitos a los votantes de Ciudadanos, les gustará encontrar en este tercer punto inicial de la Falange elementos que recuerden a intervenciones de Albert Rivera: Si las luchas y la decadencia nos vienen de que se ha perdido la idea permanente de España, el remedio estará en restaurar esa idea. Hay que volver a concebir a España como realidad existente por sí misma; superior a las diferencias entre los pueblos; y a las pugnas entre los partidos; y a la lucha de clases. Quien no pierda de vista esa afirmación de la realidad superior de España verá claros todos los problemas políticos. Más cercana a la doctrina de la izquierda suena esta aseveración programática falangista, de noviembre de 1934: Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación. A la que sigue un repudio justamente del marxismo: Nuestro sentido espiritual y nacional repudia también el marxismo. Orientaremos el ímpetu de las clases laboriosas, hoy descarriadas por el marxismo, en el sentido de exigir su participación directa en la gran tarea del Estado nacional.


En esa actitud de enfrentarse a izquierdas y derechas desde una nueva vía (que, insisto, no era democrática), Falange criticaba abiertamente a ambas posturas ideológicas. Así, en un discurso Círculo Mercantil de Madrid, el 9 de abril de 1935:
Los partidos de izquierda ven al hombre, pero lo ven desarraigado. Lo constante de las izquierdas es interesante por la suerte del individuo contra toda la arquitectura histórica, contra toda arquitectura política, como si fueran términos contrapuestos.
El izquierdismo, es por eso, disolvente; es, por eso, corrosivo; es irónico, y estando dotado de una brillante colección de capacidades, es, sin embargo, muy apto para la destrucción y casi nunca apto para construir. El derechismo, los partidos de derecha, enfilan precisamente el problema desde otro costado. Se empeñan en mirar también con un solo ojo, en vez de mirar claramente, de frente y con los dos.
El derechismo quiere conservar la Patria, quiere conservar la unidad, quiere conservar la autoridad ; pero se desentiende de esta angustia del hombre, del individuo, del semejante que no tiene que comer. Esta es, rigurosamente, la verdad, y los dos encubren su insuficiencia bajo palabrerío: unos, invocan a la Patria sin sentirla ni servirla del todo; los otros, atenúan su desdén, su indiferencia por el problema profundo de cada hombre, con fórmulas, que, en realidad, no son mas que mera envoltura verbal, que no significa nada.



El punto nueve de entre los iniciales de Falange, se centra en la violencia, siendo inaceptable por mucho que invoquen más adelante el amor o la fraternidad: La violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique;La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia –o por la insidia– se las ataque. Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión. Mienten quienes anuncian, por ejemplo, a los obreros, una tiranía fascista; todo lo que es haz, o falange, es unión, cooperación animosa y fraterna, amor. Falange Española, encendida por un amor, segura en una fe, sabrá conquistar a España para España, con aire de milicia. Esta defensa de la violencia se traducirá en escenas como aquella en que el propio José Antonio acabó sacando una pistola mientras Ruiz [de Alda] repartía estacazos a los izquierdistas. Se da la circunstancia de que el primer caído en la lucha sin cuartel entre falangistas e izquierdista fuera alguien que no era ni siquiera falangista sino un curioso interesado por el nuevo movimiento: El suceso más lamentable fue la muerte de un estudiante mallorquín, Francisco de Paula Sampol; el joven pasaba por la calle de Alcalá y acababa de adquirir un ejemplar, sin ser siquiera falangista, cuando fue abatido a tiros por jóvenes socialistas. La Falange lo reivindicaría como su primer “caído”. Antes del estallido de la Guerra Civil, los caídos de Falange ascendería a 65 bajas, siendo las de sus rivales 64 (sobre todo socialistas y comunistas). El mito de la Falange asesina y la izquierda inmaculada queda, al menos, en entredicho.

Thomás narra también un encuentro entre Unamuno y José Antonio en Salamanca. De esa charla, es destacable lo que el escritor vasco dijo: Esto del fascismo yo no sé bien lo que es, ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan, sobre todo, respeto a la dignidad del hombre. El hombre es lo que importa; después, lo demás, la sociedad, el Estado. El propio Unamuno, que a renglón seguido había acompañado a su visitante a un mitin falangista, dirá de él, poco después y en la prensa: Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y, ni mucho menos, un dictador.


Felipe Ximénez Sandoval, amigo y biógrafo de José Antonio, recogió una conversación en la que Primo, sorprendentemente, proponía una bandera y una capital para la nueva España falangista e imperial que a todos sorprenderá: “El Imperio español de la Falange [tendrá] una sola bandera, un solo idioma y una sola capital –dijo Primo de Rivera−. Su bandera habrá de ser la catalana –la más antigua y la de más gloriosa tradición militar y poética de la Península−. Su idioma será el castellano, el de más prodigiosa fuerza expansiva y universalidad –el que sirve para hablar con Dios, según decía Carlos V−. Y su capital, Lisboa, por donde entra el Tajo, y desde donde puede mirarse cara a cara la inmensa Hispanidad de nuestra sangre americana”.


En el juicio que le condenó a muerte, y en el que distorsionó algunos hechos buscando salvar su vida, se declaró no nacionalista: Nosotros no somos nacionalistas;. no creemos que una Nación, por el hecho de ser territorio y de que unos hombres y unas mujeres nazcan en él ya es la cosa más importante del mundo. Creemos que es una Nación importante, en cuanto encarna una Historia Universal. Por eso entendemos en el destino que Italia y Alemania expresan, valores universales, como lo representa Rusia, y éstas son Naciones. Las Naciones que ya han dejado de potenciar un valor histórico en lo universal, no nos interesan nada. No creemos que lo sean por el hecho de que ya están y se hallan enclavadas en una superficie de tierra.


Próxima la Guerra Civil, Falange contribuyó, a través de la violencia, al deterioro de la situación en previsión de una revolución comunista que quería evitar facilitando un golpe de estado que la frenase. Desde la cárcel de Madrid, en la primavera trágica de 1936, trabajaría para facilitar esa salida militar. A la vez, temía que desde su libertad y su frontal oposición a la República, José Calvo Sotelo terminara quitándole el protagonismo deseado. Tal era su ansiedad, que en los planes golpistas que manejaba incluía que el ejército no entregara el poder a ningún civil al menos hasta que tres días hubieran pasado del triunfo golpista, un plazo que él necesitaba para conseguir su libertad y llegar desde Alicante a Madrid. Quien habría de entregarle ese poder era, según sus cálculos, el general Sanjurjo. 

Una vez comenzada la guerra, José Antonio estableció un plan de paz en el que buscaba desarmar a las milicias de todo tipo e involucrar en la restauración de la ley a todos los sectores, con exclusiones: . Por razón histórica: los nostálgicos de formas caducadas y los reaccionarios en lo económico social. 2. Por razón moral: los que se han habituado a un clima ético propicio como el del "estraperlo". Y con exigencias: 1. Levantar la vida material de los españoles sobre bases humanas. 2. Devolver a los españoles la fe colectiva en la unidad de destino y una resuelta voluntad de resurgimiento.

Este plan debía tener una Salida única: La deposición de las hostilidades y el arranque de una época de reconstrucción política y económica nacional sin persecuciones, sin ánimo de represalia, que haga de España un país [el subrayado es de Primo de Rivera] tranquilo, libre y atareado.


En el juicio, tras haber expuesto su plan de paz, añadió: Yo sé que, si gana este movimiento, y resulta que no es más que reacción, entonces retiraré a mis falangistas y volveré a estar aquí, o en otro cárcel, dentro de pocos meses [...] Si esto es así, están equivocados. Provocarán una reacción aún peor. Precipitarán a España en un abismo. Tendrán que cargar conmigo. Usted sabe que yo siempre he luchado contra ellos. Me llamaban "hereje" y "bolchevique".



Según su hermano Miguel (con quien compartió cautiverio y fue condenado a cadena perpetua; otro hermano, Fernando, fue asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid), José Antonio le expresó su opinión sobre la Guerra Civil de este tenor: 
Todas las guerras son, en principio, una barbarie, y una guerra civil, además de una barbarie, es una ordinariez. Porque el pueblo que tiene que lanzarse a ella pone de manifiesto que ha malogrado una de las gracias más grandes recibidas por la humanidad del Todopoderoso: la inteligencia y un lenguaje común para entenderse. 

viernes, 6 de abril de 2018

Lecturas: Las vueltas de Perón, crónica de los años que gestaron la Argentina de hoy (1976-2016) (Osvaldo Tcherkaski)


Hay una universidad joven en el conurbano bonaerense, la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Radicada en Caseros, donde mis bisabuelos se afincaron en 1907 y donde nacieron algunos de mis tíos-abuelos y pasó su niñez mi propia abuela, es una institución a la que le tengo un gran cariño desde que colaboré con ellos, en los días del  bicentenario argentino, para mostrar allí una exposición de Picasso. En esa casa de estudios (joven, y dotada de un gran entusiasmo) es director de la maestría de Periodismo Documental Osvaldo Tcherkaski, autor de este relato, Las vueltas de Perón, crónica de los años que gestaron la Argentina de hoy (1976-2016), profusamente documentado y con patente voluntad de estilo, de los dos regresos de Perón al finalizar su exilio.


A la sazón redactor del diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timmermann, Tcherkaski tuvo oportunidad de participar en reuniones con Perón en Madrid, e incluso de entrevistarle para su periódico. Así, nos cuenta el pulso entre el presidente militar Lanusse y Perón, un juego de poder en el que los dos generales jugaron a ver quién podía más, con victoria de Perón, por mucho que Lanusse asegurara que Perón no volvía “porque no le daba el cuero”, con la prehistoria de ese regreso inicial (17 de noviembre de 1972) con la cohorte de emisarios, militares y guerrilleros preparando, o buscando imposibilitar, en la sombra esa operación. A la vez, Lanusse buscaba un Gran Acuerdo Nacional que posibilitara el regreso del peronismo a la legalidad pero sin la presencia de Perón (y con Lanusse en el poder) y Aramburu, el militar que derrocó a Perón en 1955, y asesinado por Montoneros en su primera acción, buscaba un acuerdo entre peronistas y antiperonistas porque, reconocía a Tcherkaski, lo principal es nuestra coincidencia en impedir un triunfo del castro-comunismo en la Argentina




Sigue con los esfuerzos de Perón por acomodar una nueva mayoría, por hacerse pasar por un revolucionario cuando había sido, en los años 40, un admirador de Benito Mussolini, simpatizante del nacionalsocialismo hitleriano y que, en todo caso, en 1945 había conquistado a las masas populares para impedir con sus reformas que se volcaran a una revolución. Y continúa con sus malabarismos para acomodar su figura en el marco de la violencia política, azuzada por declaraciones como pienso que la violencia popular esá siendo provocada por la violencia gubernamental o La violencia del Gobierno trae aparejada la violencia del pueblo. Y más aún: Esta rebelión violenta, estas acciones de guerrilla, son una respuesta a la violencia de las autoridades.


Entre medias quedan las reticencias de Héctor Cámpora (Cámpora al gobierno, Perón al poder fue su consigna) a ceder el poder a Perón, o la matanza de Ezeiza el 20 de junio de 1973, día del segundo y definitivo regreso de Perón, con 13 muertos y alrededor de 365 heridos, un episodio que sigue sin aclarar del todo, y por fin la descomposición del peronismo en el poder a la muerte del líder ante la violencia desatada (la triple A de López Rega asesinaba peronistas de izquierda bajo la consigna de La patria peronista y Montoneros, ERP, FAR y FAP asesinaban a quienes podían bajo el lema de La patria socialista y, en todos los casos, invocando a Perón) y el golpe militar de 1976 que fue implacable con los grupos y grupúsculos de extrema izquierda e indulgente con el Partido Comunista de Argentina.




En suma, nos encontramos ante un excelente retrato de aqyella época turbulenta magníficamente documentado y escrito con buen estilo. Un libro imprescindible para comprender aquella Argentina. Y la de hoy.



martes, 3 de abril de 2018

Lecturas: Crímenes y mentiras: Las prácticas oscuras de Perón (Hugo Gambini y Ariel Kocik)



En días sucesivos comentaré dos libros sobre Perón, un personaje controvertido donde los haya. Que suscita adhesiones y rechazos. Y que tal vez haga necesario una breve aclaración personal. 

Perón y su época constituyen una sección destacada de mi biblioteca, con varias decenas de referencias. Fruto de mi interés desde mi primera estancia argentina en 1988, cuando en los alrededores de mi pueblo/barrio de Buenos Aires, Santos Lugares, aún se podían leer pintadas que decían “Isabel conduce” o que unían la V y la P, en referencia a la vuelta de Perón o su victoria. En charlas con mis tíos, alrededor de un mate con galletitas saladas acompañadas de dulce de leche, fui recabando testimonios y recuerdos de aquellos años, completándolos con las apasionadas tertulias en la cerrajería de los Ceraso, donde eran mayoría los antiperonistas (y también en casa de mis tíos) pero donde también cabía algún que otro nostálgico que defendía aquella figura. Ya entonces compré mis primeros libros sobre Perón, y he seguido haciéndolo a lo largo de los años. Mi opinión global sobre Perón es negativa. Sobre Eva Perón, algo menos negativa (pero negatiova al fin y al cabo). Pero entiendo que haya quien le defienda, aunque sea desde la vía sentimental como se vislumbra desde la pintura del extraordinario artista Daniel Santoro a quien ya he glosado aquí. Perón como justiciero, como el que reparte bicicletas, panes dulces, casas, zapatos. Perón libertador y justiciero. Todo eso. Pero también hay otro Perón, el que queda fuera de la propaganda y bajo la luz implacable de la historia. Este Perón.




Aquí, partiendo desde elementos tan sencillos como el año de nacimiento del personaje, que también está sometido a falsificaciones, se avanza por el tupido engranaje de adulteraciones a que fue sometida su persona y sus acciones. Resultando que el cultor de la justicia social fue un dictador más de los tantos que mi amada segunda patria ha padecido. Aunque fuera en este caso un dictador carismático y verboso. Esta vez, Gambini y Kocik se limitan al Perón los años 40 y 50, dejando fuera al del exilio y su tercera y agónica presidencia. Que es, si cabe, más oscuro, y del que tratará el siguiente libro que aquí comente.


En este, dedicado al primer Perón, el de la forja y el derrocamiento del Justicialismo, el discurso se articula en torno a una primera parte en torno a las mentiras de Perón y una segunda alrededor de los muertos de Perón. Hay mucha mentira y mucha muerte, mucho intento de ocultar las contradicciones de un régimen que quiso presentarse como justiciero y que llevó, por ejemplo, a la masacre de más de mil indígenas de la etnia pilagá en la provincia de Formosa en 1947. 

Como en la conclusión señalan los autores, y a forma de resumen del libro, "En nombre de los derechos sociales que consagró en su Constitución de 1949, el peronismoanuló la posibilidad de reclamar por ellos, que quedaron confiados a la visión de Perón. La protesta comenzó a verse como un acto contra la patria, y el derecho de huelga se volvió una concesión del gobierno. Cuando la crisis se llevó las mejoras iniciales, los reclamos de las clases obreras causaron una represión creciente. El control sobre los medios de comunicación permitió que las violaciones a los derechos humanos y el sometimiento de los disconformes del mundo gremial no se divulgaran, y la mística creada por el peronismo influyó lo suficiente como para no investigar mucho al respecto. Si el peronismo quiso poner a todo el país a tono con su doctrina, con su sistema de poder vertical, la ley como la verdad misma emanaban en última instancia de Perón, aunque abundara en contradicciones y falsedades, como su sofisticado sistema de propaganda.


Cuando Perón amagó una tregua en 1955, ya se habían cometido y respondido desbordes difíciles de olvidar con rapidez. La posibilidad de una cooperación con otro gobierno, elegido o no, quedaba clausurada si el peronismo acusaba de vendepatrias a sus adversarios. La imprevisible política exterior argentina se expresaba con un discurso encendido, pero también consagraba una gran dependencia por falta de medios, que arrojó al país a los brazos de sus enemigos discursivos del capital foráneo. En medio de esa encerrona del mensaje justicialista se produjo la caída de Perón, pues el discurso de la felicidad social y la prosperidad argentina chocaba con la realidad. 


Las represalias sufridas por los peronistas desde 1955, lejos de quitarle vigencia a esa corriente, se la devolvieron, a la vez que diluyeron sus anteriores pecados. Su relato, además, ponía la culpa de los males del país en manos oligarcas o extranjeras, lo que resultaba tranquilizador: era preferible afirmar el orgullo nacional que confrontar el mito peronista con la evidencia de las víctimas, los resultados sociales efectivos, bochornos como el falso anuncio de la energía atómica controlada (dañando el prestigio de nuestra ciencia) o la pretensión de erigirse en líder regional a costa de empobrecerse en el intento".

Todo lo que en este repaso por la historia argentina se cuenta se resume en las palabras de mi añorado tío Pepe en aquel invierno austral de 1988: "Yo vine huyendo de Franco, mi sobrino, para encontrarme acá con Perón".