lunes, 9 de abril de 2018

Lecturas: José Antonio. Realidad y mito (Joan Maria Thomás)


Son éstos, tiempos en que se usa el término fascista con una facilidad escandalosa. Así, fascistas de izquierdas no dudan en llamar fascistas a quienes no lo son. Basta con no comulgar con las ideas del contrario (yo acabo de hacerlo, a sabiendas) para ser ubicado en las filas falangistas, mussolinianas o incluso nazis. Yo, que he tenido un abuelo falangista (custodio su carnet de 1937) y he pasado por las filas tardías de la Organización Juvenil Española, heredera de aquel Frente de Juventudes por el que pasó forzosamente mi padre, he sido llamado, con ligereza, fascista. No voy a defenderme. Ni tampoco a atacar. Aunque podría hacer ambas cosas.

Diré que este libro sirve para conocer mejor, mucho mejor, al fascismo español y a su líder y máxima leyenda. De él iré desgranando los datos que más me han llamado la atención. Con este título alcanzo la media docena de monografías leídas sobre el asunto. Si fuera, queridos fascistas de izquierda, un fascista a la manera joseantoniana, hubieran sido muchos más. Al lío.


El tuteo pretendía dar muestra en el seno de la organización de la voluntad de crear una nueva sociedad política, a la vez antidemocrática, antiizquierdista y antiseparatista, pero también anticonservadora. Ojo, el autor ha dicho anticonservadora. Algo que efectivamente fue la Falange, animada de un carácter revolucionario con el que acabó quien fue su enemigo, Francisco Franco.

La Falange, en cambio, era partidaria de la separación de la Iglesia y el Estado. Más de lo mismo, de su carácter anticonservador. A lo que se suma que tampoco se declarase monáquica, siéndole indiferente la forma de Estado.

Los rasgos del carácter de José Antonio: Seriedad, orgullo, exigencia propia, rigor, cólera, agresividad, ironía, sarcasmo, alegría, despreocupación, simpatía; aunque también timidez. José Antonio Primo de Rivera era todo eso. Un carácter fuerte, sin duda. Y atractivo, seductor y carismático para al menos parte de los que le conocieron.

A los que, desde mi aborrecida izquierda radical (en su tiempo me declaré anticomunista, que equivale a defender la democracia como objeto central de mis ideas políticas, y en ello sigo) llaman, en un rasgo de ingenio pueril falangitos a los votantes de Ciudadanos, les gustará encontrar en este tercer punto inicial de la Falange elementos que recuerden a intervenciones de Albert Rivera: Si las luchas y la decadencia nos vienen de que se ha perdido la idea permanente de España, el remedio estará en restaurar esa idea. Hay que volver a concebir a España como realidad existente por sí misma; superior a las diferencias entre los pueblos; y a las pugnas entre los partidos; y a la lucha de clases. Quien no pierda de vista esa afirmación de la realidad superior de España verá claros todos los problemas políticos. Más cercana a la doctrina de la izquierda suena esta aseveración programática falangista, de noviembre de 1934: Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes, propicias a la miseria y a la desesperación. A la que sigue un repudio justamente del marxismo: Nuestro sentido espiritual y nacional repudia también el marxismo. Orientaremos el ímpetu de las clases laboriosas, hoy descarriadas por el marxismo, en el sentido de exigir su participación directa en la gran tarea del Estado nacional.


En esa actitud de enfrentarse a izquierdas y derechas desde una nueva vía (que, insisto, no era democrática), Falange criticaba abiertamente a ambas posturas ideológicas. Así, en un discurso Círculo Mercantil de Madrid, el 9 de abril de 1935:
Los partidos de izquierda ven al hombre, pero lo ven desarraigado. Lo constante de las izquierdas es interesante por la suerte del individuo contra toda la arquitectura histórica, contra toda arquitectura política, como si fueran términos contrapuestos.
El izquierdismo, es por eso, disolvente; es, por eso, corrosivo; es irónico, y estando dotado de una brillante colección de capacidades, es, sin embargo, muy apto para la destrucción y casi nunca apto para construir. El derechismo, los partidos de derecha, enfilan precisamente el problema desde otro costado. Se empeñan en mirar también con un solo ojo, en vez de mirar claramente, de frente y con los dos.
El derechismo quiere conservar la Patria, quiere conservar la unidad, quiere conservar la autoridad ; pero se desentiende de esta angustia del hombre, del individuo, del semejante que no tiene que comer. Esta es, rigurosamente, la verdad, y los dos encubren su insuficiencia bajo palabrerío: unos, invocan a la Patria sin sentirla ni servirla del todo; los otros, atenúan su desdén, su indiferencia por el problema profundo de cada hombre, con fórmulas, que, en realidad, no son mas que mera envoltura verbal, que no significa nada.



El punto nueve de entre los iniciales de Falange, se centra en la violencia, siendo inaceptable por mucho que invoquen más adelante el amor o la fraternidad: La violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique;La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia –o por la insidia– se las ataque. Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión. Mienten quienes anuncian, por ejemplo, a los obreros, una tiranía fascista; todo lo que es haz, o falange, es unión, cooperación animosa y fraterna, amor. Falange Española, encendida por un amor, segura en una fe, sabrá conquistar a España para España, con aire de milicia. Esta defensa de la violencia se traducirá en escenas como aquella en que el propio José Antonio acabó sacando una pistola mientras Ruiz [de Alda] repartía estacazos a los izquierdistas. Se da la circunstancia de que el primer caído en la lucha sin cuartel entre falangistas e izquierdista fuera alguien que no era ni siquiera falangista sino un curioso interesado por el nuevo movimiento: El suceso más lamentable fue la muerte de un estudiante mallorquín, Francisco de Paula Sampol; el joven pasaba por la calle de Alcalá y acababa de adquirir un ejemplar, sin ser siquiera falangista, cuando fue abatido a tiros por jóvenes socialistas. La Falange lo reivindicaría como su primer “caído”. Antes del estallido de la Guerra Civil, los caídos de Falange ascendería a 65 bajas, siendo las de sus rivales 64 (sobre todo socialistas y comunistas). El mito de la Falange asesina y la izquierda inmaculada queda, al menos, en entredicho.

Thomás narra también un encuentro entre Unamuno y José Antonio en Salamanca. De esa charla, es destacable lo que el escritor vasco dijo: Esto del fascismo yo no sé bien lo que es, ni creo que tampoco lo sepa Mussolini. Confío en que ustedes tengan, sobre todo, respeto a la dignidad del hombre. El hombre es lo que importa; después, lo demás, la sociedad, el Estado. El propio Unamuno, que a renglón seguido había acompañado a su visitante a un mitin falangista, dirá de él, poco después y en la prensa: Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y, ni mucho menos, un dictador.


Felipe Ximénez Sandoval, amigo y biógrafo de José Antonio, recogió una conversación en la que Primo, sorprendentemente, proponía una bandera y una capital para la nueva España falangista e imperial que a todos sorprenderá: “El Imperio español de la Falange [tendrá] una sola bandera, un solo idioma y una sola capital –dijo Primo de Rivera−. Su bandera habrá de ser la catalana –la más antigua y la de más gloriosa tradición militar y poética de la Península−. Su idioma será el castellano, el de más prodigiosa fuerza expansiva y universalidad –el que sirve para hablar con Dios, según decía Carlos V−. Y su capital, Lisboa, por donde entra el Tajo, y desde donde puede mirarse cara a cara la inmensa Hispanidad de nuestra sangre americana”.


En el juicio que le condenó a muerte, y en el que distorsionó algunos hechos buscando salvar su vida, se declaró no nacionalista: Nosotros no somos nacionalistas;. no creemos que una Nación, por el hecho de ser territorio y de que unos hombres y unas mujeres nazcan en él ya es la cosa más importante del mundo. Creemos que es una Nación importante, en cuanto encarna una Historia Universal. Por eso entendemos en el destino que Italia y Alemania expresan, valores universales, como lo representa Rusia, y éstas son Naciones. Las Naciones que ya han dejado de potenciar un valor histórico en lo universal, no nos interesan nada. No creemos que lo sean por el hecho de que ya están y se hallan enclavadas en una superficie de tierra.


Próxima la Guerra Civil, Falange contribuyó, a través de la violencia, al deterioro de la situación en previsión de una revolución comunista que quería evitar facilitando un golpe de estado que la frenase. Desde la cárcel de Madrid, en la primavera trágica de 1936, trabajaría para facilitar esa salida militar. A la vez, temía que desde su libertad y su frontal oposición a la República, José Calvo Sotelo terminara quitándole el protagonismo deseado. Tal era su ansiedad, que en los planes golpistas que manejaba incluía que el ejército no entregara el poder a ningún civil al menos hasta que tres días hubieran pasado del triunfo golpista, un plazo que él necesitaba para conseguir su libertad y llegar desde Alicante a Madrid. Quien habría de entregarle ese poder era, según sus cálculos, el general Sanjurjo. 

Una vez comenzada la guerra, José Antonio estableció un plan de paz en el que buscaba desarmar a las milicias de todo tipo e involucrar en la restauración de la ley a todos los sectores, con exclusiones: . Por razón histórica: los nostálgicos de formas caducadas y los reaccionarios en lo económico social. 2. Por razón moral: los que se han habituado a un clima ético propicio como el del "estraperlo". Y con exigencias: 1. Levantar la vida material de los españoles sobre bases humanas. 2. Devolver a los españoles la fe colectiva en la unidad de destino y una resuelta voluntad de resurgimiento.

Este plan debía tener una Salida única: La deposición de las hostilidades y el arranque de una época de reconstrucción política y económica nacional sin persecuciones, sin ánimo de represalia, que haga de España un país [el subrayado es de Primo de Rivera] tranquilo, libre y atareado.


En el juicio, tras haber expuesto su plan de paz, añadió: Yo sé que, si gana este movimiento, y resulta que no es más que reacción, entonces retiraré a mis falangistas y volveré a estar aquí, o en otro cárcel, dentro de pocos meses [...] Si esto es así, están equivocados. Provocarán una reacción aún peor. Precipitarán a España en un abismo. Tendrán que cargar conmigo. Usted sabe que yo siempre he luchado contra ellos. Me llamaban "hereje" y "bolchevique".



Según su hermano Miguel (con quien compartió cautiverio y fue condenado a cadena perpetua; otro hermano, Fernando, fue asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid), José Antonio le expresó su opinión sobre la Guerra Civil de este tenor: 
Todas las guerras son, en principio, una barbarie, y una guerra civil, además de una barbarie, es una ordinariez. Porque el pueblo que tiene que lanzarse a ella pone de manifiesto que ha malogrado una de las gracias más grandes recibidas por la humanidad del Todopoderoso: la inteligencia y un lenguaje común para entenderse. 

viernes, 6 de abril de 2018

Lecturas: Las vueltas de Perón, crónica de los años que gestaron la Argentina de hoy (1976-2016) (Osvaldo Tcherkaski)


Hay una universidad joven en el conurbano bonaerense, la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Radicada en Caseros, donde mis bisabuelos se afincaron en 1907 y donde nacieron algunos de mis tíos-abuelos y pasó su niñez mi propia abuela, es una institución a la que le tengo un gran cariño desde que colaboré con ellos, en los días del  bicentenario argentino, para mostrar allí una exposición de Picasso. En esa casa de estudios (joven, y dotada de un gran entusiasmo) es director de la maestría de Periodismo Documental Osvaldo Tcherkaski, autor de este relato, Las vueltas de Perón, crónica de los años que gestaron la Argentina de hoy (1976-2016), profusamente documentado y con patente voluntad de estilo, de los dos regresos de Perón al finalizar su exilio.


A la sazón redactor del diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timmermann, Tcherkaski tuvo oportunidad de participar en reuniones con Perón en Madrid, e incluso de entrevistarle para su periódico. Así, nos cuenta el pulso entre el presidente militar Lanusse y Perón, un juego de poder en el que los dos generales jugaron a ver quién podía más, con victoria de Perón, por mucho que Lanusse asegurara que Perón no volvía “porque no le daba el cuero”, con la prehistoria de ese regreso inicial (17 de noviembre de 1972) con la cohorte de emisarios, militares y guerrilleros preparando, o buscando imposibilitar, en la sombra esa operación. A la vez, Lanusse buscaba un Gran Acuerdo Nacional que posibilitara el regreso del peronismo a la legalidad pero sin la presencia de Perón (y con Lanusse en el poder) y Aramburu, el militar que derrocó a Perón en 1955, y asesinado por Montoneros en su primera acción, buscaba un acuerdo entre peronistas y antiperonistas porque, reconocía a Tcherkaski, lo principal es nuestra coincidencia en impedir un triunfo del castro-comunismo en la Argentina




Sigue con los esfuerzos de Perón por acomodar una nueva mayoría, por hacerse pasar por un revolucionario cuando había sido, en los años 40, un admirador de Benito Mussolini, simpatizante del nacionalsocialismo hitleriano y que, en todo caso, en 1945 había conquistado a las masas populares para impedir con sus reformas que se volcaran a una revolución. Y continúa con sus malabarismos para acomodar su figura en el marco de la violencia política, azuzada por declaraciones como pienso que la violencia popular esá siendo provocada por la violencia gubernamental o La violencia del Gobierno trae aparejada la violencia del pueblo. Y más aún: Esta rebelión violenta, estas acciones de guerrilla, son una respuesta a la violencia de las autoridades.


Entre medias quedan las reticencias de Héctor Cámpora (Cámpora al gobierno, Perón al poder fue su consigna) a ceder el poder a Perón, o la matanza de Ezeiza el 20 de junio de 1973, día del segundo y definitivo regreso de Perón, con 13 muertos y alrededor de 365 heridos, un episodio que sigue sin aclarar del todo, y por fin la descomposición del peronismo en el poder a la muerte del líder ante la violencia desatada (la triple A de López Rega asesinaba peronistas de izquierda bajo la consigna de La patria peronista y Montoneros, ERP, FAR y FAP asesinaban a quienes podían bajo el lema de La patria socialista y, en todos los casos, invocando a Perón) y el golpe militar de 1976 que fue implacable con los grupos y grupúsculos de extrema izquierda e indulgente con el Partido Comunista de Argentina.




En suma, nos encontramos ante un excelente retrato de aqyella época turbulenta magníficamente documentado y escrito con buen estilo. Un libro imprescindible para comprender aquella Argentina. Y la de hoy.



martes, 3 de abril de 2018

Lecturas: Crímenes y mentiras: Las prácticas oscuras de Perón (Hugo Gambini y Ariel Kocik)



En días sucesivos comentaré dos libros sobre Perón, un personaje controvertido donde los haya. Que suscita adhesiones y rechazos. Y que tal vez haga necesario una breve aclaración personal. 

Perón y su época constituyen una sección destacada de mi biblioteca, con varias decenas de referencias. Fruto de mi interés desde mi primera estancia argentina en 1988, cuando en los alrededores de mi pueblo/barrio de Buenos Aires, Santos Lugares, aún se podían leer pintadas que decían “Isabel conduce” o que unían la V y la P, en referencia a la vuelta de Perón o su victoria. En charlas con mis tíos, alrededor de un mate con galletitas saladas acompañadas de dulce de leche, fui recabando testimonios y recuerdos de aquellos años, completándolos con las apasionadas tertulias en la cerrajería de los Ceraso, donde eran mayoría los antiperonistas (y también en casa de mis tíos) pero donde también cabía algún que otro nostálgico que defendía aquella figura. Ya entonces compré mis primeros libros sobre Perón, y he seguido haciéndolo a lo largo de los años. Mi opinión global sobre Perón es negativa. Sobre Eva Perón, algo menos negativa (pero negatiova al fin y al cabo). Pero entiendo que haya quien le defienda, aunque sea desde la vía sentimental como se vislumbra desde la pintura del extraordinario artista Daniel Santoro a quien ya he glosado aquí. Perón como justiciero, como el que reparte bicicletas, panes dulces, casas, zapatos. Perón libertador y justiciero. Todo eso. Pero también hay otro Perón, el que queda fuera de la propaganda y bajo la luz implacable de la historia. Este Perón.




Aquí, partiendo desde elementos tan sencillos como el año de nacimiento del personaje, que también está sometido a falsificaciones, se avanza por el tupido engranaje de adulteraciones a que fue sometida su persona y sus acciones. Resultando que el cultor de la justicia social fue un dictador más de los tantos que mi amada segunda patria ha padecido. Aunque fuera en este caso un dictador carismático y verboso. Esta vez, Gambini y Kocik se limitan al Perón los años 40 y 50, dejando fuera al del exilio y su tercera y agónica presidencia. Que es, si cabe, más oscuro, y del que tratará el siguiente libro que aquí comente.


En este, dedicado al primer Perón, el de la forja y el derrocamiento del Justicialismo, el discurso se articula en torno a una primera parte en torno a las mentiras de Perón y una segunda alrededor de los muertos de Perón. Hay mucha mentira y mucha muerte, mucho intento de ocultar las contradicciones de un régimen que quiso presentarse como justiciero y que llevó, por ejemplo, a la masacre de más de mil indígenas de la etnia pilagá en la provincia de Formosa en 1947. 

Como en la conclusión señalan los autores, y a forma de resumen del libro, "En nombre de los derechos sociales que consagró en su Constitución de 1949, el peronismoanuló la posibilidad de reclamar por ellos, que quedaron confiados a la visión de Perón. La protesta comenzó a verse como un acto contra la patria, y el derecho de huelga se volvió una concesión del gobierno. Cuando la crisis se llevó las mejoras iniciales, los reclamos de las clases obreras causaron una represión creciente. El control sobre los medios de comunicación permitió que las violaciones a los derechos humanos y el sometimiento de los disconformes del mundo gremial no se divulgaran, y la mística creada por el peronismo influyó lo suficiente como para no investigar mucho al respecto. Si el peronismo quiso poner a todo el país a tono con su doctrina, con su sistema de poder vertical, la ley como la verdad misma emanaban en última instancia de Perón, aunque abundara en contradicciones y falsedades, como su sofisticado sistema de propaganda.


Cuando Perón amagó una tregua en 1955, ya se habían cometido y respondido desbordes difíciles de olvidar con rapidez. La posibilidad de una cooperación con otro gobierno, elegido o no, quedaba clausurada si el peronismo acusaba de vendepatrias a sus adversarios. La imprevisible política exterior argentina se expresaba con un discurso encendido, pero también consagraba una gran dependencia por falta de medios, que arrojó al país a los brazos de sus enemigos discursivos del capital foráneo. En medio de esa encerrona del mensaje justicialista se produjo la caída de Perón, pues el discurso de la felicidad social y la prosperidad argentina chocaba con la realidad. 


Las represalias sufridas por los peronistas desde 1955, lejos de quitarle vigencia a esa corriente, se la devolvieron, a la vez que diluyeron sus anteriores pecados. Su relato, además, ponía la culpa de los males del país en manos oligarcas o extranjeras, lo que resultaba tranquilizador: era preferible afirmar el orgullo nacional que confrontar el mito peronista con la evidencia de las víctimas, los resultados sociales efectivos, bochornos como el falso anuncio de la energía atómica controlada (dañando el prestigio de nuestra ciencia) o la pretensión de erigirse en líder regional a costa de empobrecerse en el intento".

Todo lo que en este repaso por la historia argentina se cuenta se resume en las palabras de mi añorado tío Pepe en aquel invierno austral de 1988: "Yo vine huyendo de Franco, mi sobrino, para encontrarme acá con Perón".


martes, 20 de marzo de 2018

Lecturas: El día de la batalla. La guerra en Sicilia y en Italia, 1943-1944 (Rick Atkinson)

Otra obra de monumental documentación, dedicada a una campaña a la que no se le da bastante importancia, obviando el drama de Monte Cassino. Atkinson sigue su pauta habitual de seguir a las tropas de cerca, entre el desembarco en Sicilia en julio de 1943 (la lucha en el norte de África, objeto de la anterior entrega de esta trilogía, buscaba un punto de partida para invadir Europa) y la caída  de Roma en junio de 1944 (al día siguiente se produciría el desembarco de Normandía). Una vez más, hay pulso narrativo (a la manera del más conocido Antony Beevor) y apabullante información, acompañando Atkinson tanto a los generales (Mark Clark destaca esta vez, mostrándose tan fatuo y pagado de sí mismo como Montgomery, que también comparece abundantemente en estas páginas) como a los soldados, destacando la figura del teniente John J. Toffey, un buen jefe de tropa muerto en los últimos compases de la campaña y autor de hermosas y humanísimas cartas.  Lo que se pretendía, una vez salidos de Sicilia, un paseo militar merced a los desembarcos en Salerno y Anzio, se convirtió en un lento, cruento, doloroso avance merced a la resistencia de las tropas alemanas (las italianas habían claudicado no mucho después del desembarco siciliano). La sangre, el sudor y las lágrimas (medidas en toneladas) que auguraba Churchill a través de un incomodísimo ladrillo de 1218 páginas, de las que 324 son de notas. Al igual que su predecesor dentro de esta trilogía, nos encontramos ante una obra maestra de la Historia Militar. 



lunes, 19 de marzo de 2018

Lecturas: Dos caras de una misma Corea (Daniel Wizenberg y Julián Varsavsky)



Los dos autores son argentinos, y colaboran en medios como Página 12 (un periódico moderno que en los años 80 fue dejándose su rápido prestigio para devenir en panfleto muy a menudo) y en Russia Today (¡lagarto, lagarto!). Pero esta vez han creado un libro bastante sensato. En él Wisenberg relata un viaje a Corea del Norte, que no difiere en demasía de lo que nos mostraría cualquier buen reportaje escrito o televisivo. Si acaso, no entra demasiado en la hambruna crónica, en los campos de prisioneros. Tal vez porque el viajero no puede elegir allí lo que desea ver, lo que quiere contar. Varsavsky, en cambio, viaja a Seúl para, con mucha más extensión que su compañero, describir el sistema educativo, el ocio, el conglomerado industrial, la presencia de la cultura digital, una estancia en un templo budista. Desde los micromundos que no bastan para describir dos países en toda su complejidad (Seúl no es toda Corea del Sur, del modo que Pyeonjang, no es toda Corea del Norte), presentan sus relatos divergentes para después, en un arriesgado análisis, comparar ambas realidades. 

Corea del Norte vive baja una tiranía es claro y la condena del régimen es fácil (pero tampoco contundente en su exposición). Corea del Sur es injusta por la continuada explotación laboral de sus ciudadanos. Justamente, esa extenuante forma de vivir, con una alta exigencia en los estudios y en el trabajo, parece ser más aborrecible para los autores. Reconozco mi amor por Corea del Sur basado en una serie de seis viajes de trabajo realizados en poco tiempo y visitando cuatro ciudades del país. Allí he compartido con coreanos el día a día. Es cierta esa exigencia, o autoexigencia, de ser eficaces en el trabajo. Pero no supone una desdicha como parecen querer sugerir los autores. No se tiene la sensación (en Seúl, en Incheon, en Suwon, en Daegu) de esclavitud capitalista. Y sí del confucionismo que se nombra por encima y muchísimo del Jeong, un deber moral e íntimo de ayudar a los demás, no diferente de la Tzedaká hebrea, que caracteriza al nobilísimo pueblo coreano. En todo caso, la esclavitud estaría más allá del Paralelo 38. Pero ello se trata de pasada. Desde luego, ¡qué malo es el capital!


miércoles, 21 de febrero de 2018

Lecturas: Historia de Aquí (Forges)


Es una de esas lecturas que uno emprende como para quitarse una espina de décadas y darse  un capricho juvenil. Tenía yo 14 años cuando salió a los quioscos la Historia de aquí de Forges. Entonces compré el primer fascículo (tiempos de “con el primer fascículo, el segundo gratis”, y “con el tercer número, las tapas del primer volumen de regalo”). Y pocos años más tarde, lo mismo hice con la Historia Forgesporánea. Sin avanzar más allá. Ahora, cuando han pasado 38 años, encuentro en el escaparate de una librería de segunda mano los tres tomos de la Historia de aquí. Y en el interior, los tres de la Forgesporánea. Un feliz hallazgo. Cumplí una deuda histórica comprando los seis volúmenes. 840 páginas de humor forgiano, a simple vista. Pero es mucho más: a razón de tres viñetas por página, se va siguiendo la historia nacional a través de los dibujos y los a veces interminables bocadillos de Forges, acompañados de textos en los que se ve la mano de un grupo de historiadores sólo nombrados en los créditos iniciales que, he aquí el mérito, desgranan la compleja historia nacional. Las fatigosas conjuras entre los visigodos, las sucesiones problemáticas de los reyes cristianos durante la Reconquista, las costumbres de lols pueblos pre-romanos, todo ello está aquí como puede estarlo en un manual académico. Con una redacción en la que se adoptan los clichés forgianos para quitarle hierro a la herrumbrosa historia. Mientras tanto, en sus viñetas, Forges adorna a los portugueses de florido y ditirámbico verbo y los adorna de inverosímiles tocados con plumas, tilda a los franceses de afeminados y frívolos, va colando donde puede los apellidos Poyales o Bustillo, haciendo figurar a Reus, en lo que debe ser una broma privada, en los mapas, venga o no a cuento, y muestra una justificada piedad hacia los sefardíes y los moriscos expulsados y resiste caer en los tópicos de la Leyenda Negra aunque señale los abusos de encomenderos y conquistadores. Bajo la sonrisa que sirve de anzuelo, mucha y algo árida información. Una obra, convertida en cultura popular, que gana con los años.







martes, 9 de enero de 2018

Lecturas: Me llamo Rojo (Orhan Pamuk)



Sigo empecinado en leerme todo Pamuk y comentar mi experiencia de lector (en este blog, bajo el título de Lecturas sólo se encontrará eso, mi experiencia como lector, más que sesudas críticas para las que, lo reconozco, no estoy dotado ni de capacidad ni de paciencia). Esta vez he cometido el error de interrumpir la lectura durante meses para acometer los dos capítulos finales cuando lo importante ha sido ya olvidado. Diré que sí recuerdo el placer de la lectura, como quien observa una inagotable y sorprendente miniatura otomana (de eso trata el libro) durante horas y horas, sin cansancio y con intacta sorpresa. Esta vez, comenzando por la voz de un muerto, un miniaturista en el Estambul  otomano del siglo XVII, seguimos la narración a través de diversos narradores que se expresan en primera persona y que van dando lugar, como una portentosa carrera de relevos literaria, a otras voces. Si la primera, la del Maestro Donoso, es la de un difunto, otras pueden ser la de una moneda, un árbol o la de un perro pintado. Todos van haciendo la narración hasta averiguar quién mató al primer narrador y a otro de los personajes.



Éstos son miembros de un grupo de miniaturistas al servicio del sultán, que se debaten entre la amenaza que supone seguir con su oficio (se comprende desde el comienzo que la profesión es la causa probable del asesinato primero y más aún del segundo) y el sentido de la práctica artística, cuando las maneras occidentales de representación parecen más adecuadas que las tradicionales del mundo islámico. Cuatro artistas (llamados Negro, Aceituna, Mariposa y Cigüeña) trabajan en secreto en un libro que debe incluir el retrato del sultán y que las convicciones religiosas llevan a que se mantenga el sigilo. Es en el Estambul fascinante y cruel de la plenitud otomana que ya conocimos en otra buena novela de Pamuk, El castillo blanco, ya comentada.




            La sucesión de voces, algo que ya vimos en La casa del silencio, alcanza aquí un virtuosismo extraordinario, creando un efecto polifónico fascinante. Una novela para dejarse arrullar. Y para no dejarla sin terminar tan torpemente como yo hice. En definitiva, un magnífico Pamuk más que recomendable.