jueves, 15 de junio de 2017

Gradus ad parnassum



Presentación al artista José Luis Puche con motivo de su charla en el Centre Pompidou Málaga, 15 de junio de 2017


Hay momentos en que, por mucho que uno lo intente, no consigue ser subjetivo. Y no crean que hablo sólo de mí, sino de José Luis Puche. Porque, como afirmaba Jean Cocteau, toda obra de arte es biográfica. Y tenemos al padre del artista interrogándonos, a través de una ventana indiscreta, escondido y escudado entre escalones, acompañado, como el matrimonio Arnolfini por su perrito, por un gato negro que se llamó “Buena suerte”. Aquí, Puche (padre e hijo) descorre el visillo, desliza las lamas y nos interroga. Aquí, yo descubro mis cartas y me reconozco amigo y admirador de José Luis Puche desde los tiempos heroicos en que era un artista que comenzaba y yo escribí y publiqué, convertido entonces en periodista cultural, los primeros textos sobre Puche. Desde entonces, a fuerza de tesón, de conocimiento, de destreza y talento puro (nos encontramos tal vez ante el mejor dibujante actual), se ha convertido en un artista que no es sólo conocido y respetado en el ámbito local, sino en el nacional y el internacional. Pero no quiero excederme en el elogio. No quiero, tampoco, empezar a redactar, ni a leer, este texto que quiere, que quería, ser sobrio y sencillo, y comenzar un discurso que hubiera querido titularse “Gradus ad parnassum” y que significando “Escalera hacia el Parnaso” se hubiera metido en honduras y metáforas barrocas cuando es el título, sin más, y desde el Renacimiento, de diversos libros de enseñanza de literatura, la música o las artes en general. Todo ello para decir que Puche sabe cómo realizar ese ascenso y que nos ofrecerá ahora las instrucciones para acompañarlo en esa subida.



martes, 13 de junio de 2017

Lecturas: Patria (Fernando Aramburu)

Excúseme la comparación inicial. Patria, de Fernando Aramburu, es de esos libros de los que todo el mundo habla, como pasó con el código Da Vinci y con las malhadadas Cincuenta sombras de Grey, que uno no pudo sustraerse a ese ruido general y sumergirse en la lectura. De todos ellos. De manera que reconociendo la basura de Dan Brown (que lo mismo sale a relucir en este comentario unas líneas más abajo), me quedó la adicción escapista, lo que otros llaman placer culpable, de leerme todos los libros del americano, entre oh, ah, anda ya, y jajajá. Del pijo de los latigazos me quedó un inmenso hastío y una culpa sin placer (tremenda mierda, al fin y al cabo). De Aramburu me ha quedado una impresión rara.




Esposa e hijos del general de la brigada de la Guardia Civil
 Juan Atarés Peña, asesinado por ETA en Pamplona el 23 de diciembre de 1985,
rezan ante su cadáver. Foto: José Luis Larrión.

Que Belén Esteban haya, dicen, ponderado el libro me deja diciéndome “vale, es una garantía que el libro se deje leer; es más, es imprescindible”.  Así pues, me lo compré y me lo leí en tres, cuatro días. Con creciente placer y con 125 capítulos tan breves y llevaderos como los de, sí, Dan Brown. Al comienzo (no haré ningún spoiler para lectores nuevos), con el Txato muerto desde el primer capítulo, la figura de su viuda Bittori va haciéndose cada vez más grande, más importante, de forma que la novela entera trata de ella, siendo los demás, por mucha importancia que tengan Nerea o Arantxa, satélites que giran alrededor de la pena y la entereza, la perseverancia y la memoria, de Bittori. Aquí tenemos, casi en paralelo, la historia de dos familias, ambas sin apellidos, que una vez fueron amigas y después se separaron por quítame allá esas patrias. Una, volcada hacia el mundo abertzale, con sus lemas y sus pistolas y sus curas, y la otra volcada hacia la convivencia que te lleva a mirar para otro lado, hablar del tiempo o simplemente callar. Es decir: la familia del Txato asesinado, u mujer Bittori y sus hijos Nerea y Xabier y la familia de la fanatizada Miren y su marido calzonazos Joxian y sus hijos Gorka, Arantxa y el terrorista Joxe Mari. Los personajes se mezclan a través de un estilo sencillo y directo, con personajes trazados con desigual maestría (a todos se los come Bittori) y con un final correcto, un desenlace que desmerece la tensión con que se sigue el libro y que nos hubiera dejado con ganas de algo más potente y tajante.

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Con todo, Aramburu conserva su empatía con las víctimas en un libro en el que se menciona a Gregorio Ordóñez y a Miguel Ángel Blanco y hasta a Yoyes, pero no a Ortega Lara ni a Carrero Blanco. Tampoco hace falta. Un libro donde no se condena (no es necesario) a los asesinos y sus cómplices (como el  cura don Serapio): basta con dejarlos expresarse, con razonamientos y efusiones nacionalistas que vuelven a oírse hoy con acento catalán, para sentir asco. Un libro, en suma, que no es valiente porque es simplemente objetivo. Que está cargado de buena literatura pero que no es la gran novela sobre la sociedad vasca bajo el terrorismo que aún está por escribirse. Al menos, en mi opinión (aunque tal vez no en la de Belén Esteban).



lunes, 12 de junio de 2017

Kathleen Cassello. Elegía por una soprano

Un amigo especialmente querido  va  a dar esta tarde una charla sobre tenores. Yo, al hilo de la charla con él (somos compañeros de trabajo, y hablo de Ignacio Jáuregui), se me ocurre mirar qué se sabe últimamente de Kathleen Cassello. La red informa que murió el 12 de abril de 2017 en Múnich por causas no reveladas.  A los 58 años. Un puñado, escaso, de referencias aquí y allá. Kathleen Cassello. Muerta. La soprano a la que estaba dedicada un poema en prosa dentro de un librito que me publicaron en 1996, “Cinco quimeras”. Kathleen Cassello a quien va dedicada la novela que comencé a escribir hace veinticinco años y que tal vez algún día terminaré (junto a ella, esa obra inacabada, titulada Reinaba en el silencio, va dedicada a mi esposa, Mª Isabel Alcobendas). Kathleen Cassello, a quien debo por obra de música y sueño y belleza y verdad mucho de lo que soy y que ahora confesaré como homenaje, y quisiera que elegía, a Cassello.


                Es muy simple, verdaderamente. El 7 de febrero de 1992 asistí a una función de ópera en el Teatro Municipal Miguel de Cervantes, en Málaga. Yo tenía 25 años entonces, y me había casado (para mi desdicha) veinte días antes. Oficiaba, por entonces, como crítico musical de Diario 16 de Málaga. La ópera era Lucia di Lammermoor, de Donizetti, y como solía hacer, había leído el libreto en los días previos, había escuchado varias veces el viejo disco. Estaba preparado para juzgar la función. En el rol de Lucia, una joven soprano norteamericana, Kathleen Cassello. Cantaba magníficamente Cassello. Al llegar a la escena quinta del primer acto, la tensa escena en que debe firmar el contrato nupcial con Enrico, cuando Lucia se debate y canta Me misera [Pobre de mí], estampa su firma y afirma Io vado al sacrificio [Voy al sacrificio], al llegar a ese momento, tras un doloroso insistir de violines, mis ojos estaban llenos de lágrimas. Me sentí superado por la emoción, no podía resistir más. Es algo que nunca antes me había pasado. Al día siguiente, escribí una crónica entusiasta y gestioné una entrevista con Cassello antes de la segunda función (la recuerdo ataviada de época, haciendo ejercicios con la voz camino de la oficina en que grabé (guardo esa cinta) aquella entrevista hecha en italiano (el canto es una expresión del alma fue el titular y el resumen de lo poco que dijo) y en la que al final me dedicó la foto del programa de mano (que también conservo y nunca llegué a enmarcar).



                Hasta ahí, todo normal, todo lógico. El muchacho malagueño que en la ópera se emociona. Pero la siguiente noche tuve un sueño que me transformó (y transformado sigo). Tuve un sueño sin imágenes en que sólo había música, y acaso una voz que era la de Cassello. Recién despertado, y conmovido, conmocionado, no sabía qué música era aquella pero tenía una certeza inconmovible: había accedido, a la vez, a la belleza absoluta que por sí misma era, a la vez, la verdad absoluta. Esa belleza y esa verdad pasaban a ser, eran, una manifestación de algo infinita, inmortal y superior a nosotros, mortales y débiles. Era, sí, la forma que había tenido la divinidad de manifestarse a este débil mortal que escribe esto veinticinco años después y dos meses tras la muerte de Cassello. Es el dios en que sigo creyendo y siempre creeré. Yahveh, el dios de los judíos. YHWH, haShem, el nombre (el dios de que hablo carece de forma). Pero no quiero hablar de mi firme judaísmo, de mi fe. Quiero hablar de cómo recibí esa lanzada de luz en el corazón durante un sueño, ese vislumbre de eternidad. Lo que sentí, gracias a esa voz, lo quise expresar en el  poema en prosa que ahora, tantas años después, reproduzco.


Regnava nel silenzio

A Kathleen Cassello, soprano


                Enjutos caballeros entonan sus preces. El eco perfila en los terciopelos el sendero de un éxtasis celeste, surca las plateas de dorados emblemas convocando la levedad de un sueño. Una voz puede ser la clave para penetrar en un reino secreto, y por ello el escriba recorría febriles pergaminos inquiriendo los signos apresados entre  líneas impares las señales sacras de una armonía invisible.
                Bajo las almenas, una doncella enloquece, y en su lamento un pájaro de oro enreda su silueta en un laberinto de raíces sombrías. El dios de que hablo carece de forma, y sus frutos pertenecen al aire. Lágrimas son sus indicios, y melancolía su cifra.



                Ahora, Kathleen Cassello es silencio. En su memoria, me queda las lágrimas, queda la melancolía.






martes, 30 de mayo de 2017

Lecturas: ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos (Will Gompertz)

Nos encontramos ante un excelente ejemplo de divulgación, un repaso a la Historia del Arte desde el pre-impresionismo (en el que sitúa discutiblemente a Géricault, Courbet y Manet) hasta las últimas tendencias. Gompertz sabe, y además sabe comunicar. Con lo que el libro cumple su objetivo aunque algunas pegas se le puedan poner: excepto en el caso de Cindy Sherman, elude por completo la fotografía, elude por completo el cine y la videocreación (aunque sí glosa una película de Fischli/Weiss), y aventura dar un nombre que englobe el arte de los últimos veinticinco años que es, cuando menos, cuestionable: empresarialismo. Da una importancia desmesurada al grupo de los Young British Artists, dando en el libro casi tanto espacio (casi) a Damien Hirst como a Picasso. Y su repaso al surrealismo es demasiado sucinto y deja de lado la primacía del instinto sobre la razón en este movimiento. Omite a Balthus, a Chagall, a Basquiat, el expresionismo europeo queda reducido al mínimo, la Nueva Objetividad no existe. Lo mejor, con todo, es que su exposición de los diversos ismos es razonada y razonable, y nos ayuda a comprender mejor obras que ya conocíamos y nos descubre otras que ignorábamos. Con todo, este libro me hace descubrir que sintonizo especialmente, si nos guiamos por las palabras de Gompertz, con la posmodernidad más que con mi amado surrealismo y me reafirma en la indiferencia que me produce el minimalismo. Tal vez una edición en la que se reprodujeran, en color, todas las obras comentadas serviría para hacer de este libro la gran fiesta que podría llegar a ser.



domingo, 28 de mayo de 2017

Lecturas: Desertores (Charles Glass)

En la Segunda Guerra Mundial, 100.000 estadounidenses y 50.000 británicos abandonaron filas, rehuyendo el combate. Cuarenta y nueve fueron condenados a muerte, y sólo uno, antes de que callaran las armas, vio cumplida esa sentencia de paredón y después. El porcentaje de deserciones, a lo largo de aquella insoportable guerra, raramente subió más de un uno por ciento. Ni traidores ni cobardes, aquellos hombres simplemente perdieron no el coraje, no la fe sino la fuerza. Hay en este libro ejemplar datos curiosos: "Aunque había más de tres millones de soldados estadounidenses en Europa, no había más de 325.000 combatiendo en un momento dado. La infantería, apenas el 14 por ciento del total de la presencia militar estadounidense en Europa, sufría el 70 por ciento de las bajas". Esto pone de relieve la sobrecarga que ese 10 por ciento llevaba sobre sus espaldas, el agotamiento de combate, la fatiga desalentadora, que llevará a muchos a la deserción. El soldado estadounidense se encontraba inmerso en una guerra en la que no se sustituían los grupos de combatientes tras una batalla o una campaña, para darles un descanso breve, como sucedía en la Primera Guerra Mundial, sino que era sustituido por soldados bisoños a medida que caían prisioneros, eran heridos o morían en combate. Ese panorama desalentador es el que llevó a algunos a plantar cara a su propio país, a sus compañeros de armas, a un destino terrible.

  



Charles Glass, con un excelente pulso narrativo, centra su atención en tres de aquellos soldados: los estadounidense Stephen Weiss y Alfred Whitehead y el británico John Vernon Bain, que sería conocido como poeta con el nombre de Vernon Scannell. De ellos, Steve Weiss fue un soldado ejemplar cuya figura merecería un libro sólo para él o una película de esas de balas trazadoras y sangre salpicando brusca a cámara lenta. El puro cansancio, cuando los sinsabores eran más que insoportables, le llevarán a desertar y a ser castigado por ello. Un soldado que, no obstante, obtuvo en aquella guerra la Estrella de Bronce, tres estrellas de batalla, la Medalla de la Victoria, la distinción por el desembarco en el sur de Francia (menos conocido que el de Normandía), la Insignia al Combate de Infantería y la Medalla de Buena Conducta, además de obtener de Francia el título de oficial de la Legión de Honor, dos Cruces de Guerra, la Medalla de la Resistencia, la Cruz de Combatiente, el diploma de ciudadano de honor del departamento de los Vosgos. Y la ciudadanía francesa. Un hombre así no podía ser cobarde, ni tampoco lo fue. 








La gran aportación del libro es descubrir cómo los desertores no fueron ni unos cobardes, ni unos pacifistas heroicos. Fueron, en su mayor parte, buenos soldados que sucumbieron a la fatiga de combate y que optaron por abandonar aquella abominación de la vida en el frente, viendo morir a los compañeros o, en el caso de Bain, asqueado al ver cómo los propios soldados ingleses desvalijaban el cadáver de sus compañeros de armas. En el caso de Weiss, fue puramente el cansancio, cuando ya quedaban meses al conflicto. En el de Witehead, horrores como el que él mismo cuenta: A veces matábamos por accidente a familias enteras al despejar un edificio: no había tiempo para preguntar quién estaba en el subterráneo cuando lanzabas las granadas. Fue una experiencia terrible. A veces, también, aparecía un niño o una niña pequeña con uno o los dos brazos amputados por el combate, chillando histéricos y muertos de miedo. Whitehead, al desertar, optó por el hampa formada por otros desertores que en el París liberado se dedicó al mercado negro. Entregado a la policía militar, se le condenó a cinco años de trabajos forzados, omitiendo sus delitos y considerando sus méritos como combatiente. Weiss, el esforzadísimo y noble soldado Weiss, fue condenado a trabajos forzados de por vida; Bain, que tomaría el seudónimo por el que se haría famoso como poeta para ocultar la gran mancha de su pasado, fue recluido en un sanatorio mental e indultado más tarde por razones médicas.


Lecturas: Los verdugos y las víctimas (Laurence Rees)

El subtítulo completa que nos encontramos ante Las páginas negras de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Y la ilustración de la portada sobrecoge, con un verdugo que es Heinrich Himmler apoyando su brazo en el hombro de un niño presumiblemente pobre y víctima, muy dickensiano, mientras en gris otro nazi comparece entre ambos y observa sonriendo. Porque este mundo de víctimas y verdugos es el que verdadera y elocuentemente puebla este libro imprescindible. 


Dividido en siete partes (tituladas Genocidios; Resistencia; Combatir y matar al "inferior" y al "subhumano"; Prisioneros; Soldados de la fe; Servidores del régimen; y Suicidios colectivos), el libro, en forma de capítulos breves, un total de 35 en un volumen de 295 páginas, recoge resúmenes de las entrevistas que Rees realizó a supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, que en unos casos fueron víctimas de las atrocidades de los dos bandos, pero que en otras fueron ejecutores. Nos encontramos con judíos, miembros de la resistencia, civiles diversos, soldados, aviadores. Todos cuentan con serenidad su experiencia. Que fue siempre dolorosa. Pero que en el caso de los verdugos no va acompañada de muestras de arrepentimiento. Hay una actitud común. Tanto entre nazis, soldados nazis, aviadores norteamericanos, chequistas soviéticos. No me arrepiento, cumplía órdenes, hice lo correcto, no podía hacer otra cosa. Todo eso.  Y las víctimas cuentan el sufrimiento, el ansia por vivir, la culpa por haber sobrevivido mientras otros sucumbieron. Todo eso. Todo eso que olvidamos y que algunos hijos de puta niegan. Y no me refiero sólo a los negacionistas de aquí y allá, sino de los que prefieren ignorar que barbarie hubo en cada rincón de los países convertidos en teatro de operaciones. Cada lector encontrará un villano especialmente odioso (en el momento de escribirse el libro, todos viejitos respetables), una víctima de la que compadecerse, un héroe desconocido quie de pronto recibe un nombre. Depende de la sensibilidad de cada lector. En definitiva, un libro escalofriante que debería ser leído en cada escuela.

sábado, 13 de mayo de 2017

Lecturas: 1Q84 (Haruki Murakami)

Un libro con el que te apasionas mientras lo lees (aquella cosa tantas veces dicha del placer) pero que después te deja un recuerdo un tanto vago. Tal vez sea cosa de mi memoria, que ya es la que era. En todo caso, es un libro brillante, en el que se van alternando los capítulos que recogen las andanzas de los dos protagonistas, el profesor de matemáticas y corrector literario Tengo y la instructora de gimnasio y asesina por encargo Aomame. Dos personajes que comienzan la historia cada uno por su lado y que irán previsiblemente confluyendo en sus tramas pero sin coincidir físicamente. En el tercer libro (y segundo volumen) de la novela aparece un tercer personaje, Ushikawa, un calamitoso pero concienzudo detective, que también entra en el reparto, ahora a tres, de los capítulos. 


Si bien al comienzo se van introduciendo elementos que dan sensación de irrealidad que va percibiendo Aomame (que por tanto no vive en 1984 sino en 1Q84), esa sensación de irrealidad se borrará pronto, desmintiendo toda afinidad con la pesadilla totalitaria de 1984 de George Orwell. En Murakami la irrealidad se limita a un cambio en el armamento de la policía japonesa y a los planes soviético-estadounidenses de construir una base lunar conjunta, a los que más adelante se unirá la presencia, en el firmamento, de dos lunas. Esa sensación de irrealidad se verá sustituida por una secta político-religiosa y la gravitación enorme de un raro libro titulado La crisálida de aire y cuya confluencia, la de la secta y el grupo, convertirá la novela en un hábil thriller con dos lunas. Pero sin nada más que podamos adscribir al género fantástico. Porque realmente ésta es una novela de amor.




O intenta serlo, porque los dos protagonistas principales se perseguirán con finalidad exclusivamente amorosa, a través de los tres libros, los dos volúmenes, de la novela. Tras un momento fugaz en la infanciaen que se tomaron de la mano,  se buscarán a través de Tokio y de los años. Por medio habrá muertes espantosas (tres, todas violentas pero una de ellas indolora), una historia de amor paterno-filial, sin que la palabra amor sea nítida, y algunas subtramas que apuntalan la historia pero que habrán de difuminarse. Porque en verdad no importa que La crisálida de aire no nos interese, de poco nos importará la naturaleza ni el alcance de la actividad de la secta. Ni por qué hay dos lunas. Nos importará la imagen de Tengo en la fría noche subido en un columpio mirando la luna y suspirando por Aomame. Nos importará la determinación de Aomame de, a toda costa, reencontrarse con Tengo. Que el final de la novela sea tontorrón tampoco importará. Lo que queda, mientras las lunas se apagan en nuestra memoria, es la grata experiencia lectora. Nada más. Pero tampoco nada menos.


El Irworobongdo coreano (con sol y luna a la vez)
que nada tiene que ver con Murakami
pero que me gusta