domingo, 16 de octubre de 2011

Las afinidades electivas

En la inminencia del aniversario del nacimiento de Picasso, el Teatro Cervantes reúne a Toldrá, Brahms y la Sinfonía del Nuevo Mundo en una velada de sutiles matices
Hay momentos que llegan como ladrón en la noche, por usar una comparación evangélica, en los que se produce una conjunción de elementos, sin recurrir a la atolondrada comparación de los hechos planetarios. Momentos en los que coincide, dentro de unos días, el 130 aniversario del nacimiento de Picasso, del niño del Chupa y Tira que fue tan de aquí pero que tuvo talento y osadía para ser universal, cósmico, infinito, y en esas fechas la Orquesta Filarmónica de Málaga le dedica su concierto reglamentario, y resulta que las piezas de la velada se ajustan no sólo entre sí, como debe ser, sino que sirven para describir lo que Picasso representó. Y así nos encontramos con que el concierto de los días 21 y 22 de octubre del año 130 d. P. (después de Picasso) tendrá como director a un grande, Antoni Rios Marbá, y como solistas a Igmar Vineta Sareika al violín y Christian-Pierre La Marca al violonchelo, y en el programa confluyen el scherzo de “La filla del marxant”, de Eduard Toldrá, el Doble Concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, opus 102, de Johannes Brahms y la Sinfonía nº 9 en mi menor, opus 95, “Del Nuevo Mundo” de Antonin Dvořák. El título unificador, “Vieja Europa ante un Mundo Nuevo”.
Los Dvorak, en New York

Un español de Cataluña, un alemán, un checo. Alguien que buscó ser cosmopolita sin renunciar a la cultura catalana en la que se desenvolvió, un alemán que quiso mantener los valores del clasicismo en un tiempo adverso, un checo que quiso proclamar, sin obviar cuáles eran sus raíces, un horizonte nuevo e inabarcable, un mañana que nos abarque y nos justifique. Algo que se ajusta, que describe y define, a Picasso. Pero si debemos ajustarnos a un elemento de la velada, deberemos obviar la pieza de la suite sinfónica concebida para acompañar un drama de Adriá Gual basado, a su vez, en una canción popular catalana (“La filla del marxant / diuen que es la més bella; / no es la més bella, no; / que altres n'hi ha sense ella”: “La hija del marchante / dicen que es la más bella, / no es la más bella, no, / que otras no hay como ella”). También, con gran dolor, el doble concierto de Brahms, una de sus piezas menos populares por su rareza y en la que no está ausente el elemento zíngaro y de notable lirismo que destaca junto al elevadísimo virtuosismo que su tercer tiempo permite. Lo que nos queda, lo que recordaremos, es la obra maestra de Dvořák.


Karajan. 4º movimiento

       El checo, que había compuesto un Te Deum para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América, y que a la sazón era director del Conservatorio de Nueva York, tuvo un año más tarde, en 1893, el olfato que en ocasión tan señalada le faltó. Supo abrirse a los sonidos de esa América que a falta de grandes catedrales levantaba puentes y fábricas de titánica y angustiosa ambición y belleza. Las amplias praderas bajo el sol, la tensión de la hierba mecida por el viento entre postes de telégrafo, el amanecer o el crepúsculo sobre Monument Valley, la caldera bullente de las ciudades en las que se cruzaban eslavos, negros o irlandeses, todo eso, como profecía y dardo lanzado más a la emoción que al juicio, está ahí.  Quien estaba destinado a regentar una cervecería en Bohemia y vio en sí cumplido, en ambas orillas, su sueño americano y europeo, lo quiso describir de forma más modesta “Yo sólo he escrito los temas, amoldándolos a las particularidades de la música de los negros o de los pieles rojas y sirviéndome de estos temas como sujeto los he desarrollado por medio de los recursos del ritmo, de la armonía, del contrapunto y de los colores de la orquesta moderna”.
Artículo publicado en diario Sur el 15 de octubre de 2011

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