lunes, 26 de marzo de 2012

Signo de los tiempos

[Artículo sobre Épica publicado en diario Sur el 15 de junio de 2007 con motivo del VIII Centenario de la redacción del Poema de Mío Cid]

El Cid es ahora un torero. Al menos, sigue manejando la espada. Pero si vamos al que sentó las bases de nuestra literatura , tal vez por la distancia que de él nos separa, por el castellano primitivo en que está escrito o por el abuso de su figura en la cultura española, en la que comparece lo mismo en la letra del republicano Himno de Riego o campa por sus respetos en la retórica del franquismo, es un personaje y una obra literaria que concitan pocas simpatías en el lector de ahora, siglo XXI de computadoras y cambalache, botellón y tele.

Estatua del Cid en Buenos Aires

Ahora, la épica ha quedado relegada, para el común de los mortales, a las crónicas deportivas (y a veces ni eso, con un Málaga que da poco para proezas y mucho para llorosas elegías) o las hambrunas de un puñado de famosos abandonados en una isla. A lo más, si miramos a nuestro alrededor buscando equivalencias de nuestro pionero cantar de gesta nos encontraremos con un subgénero literario que se llama fantasía épica, conocido también como “espada y brujería”, que se dirige a los adolescentes y que se fundamenta en la trilogía de J. R. R. Tolkien resucitada y masificada gracias al cine: “El Señor de los Anillos”. Aunque Tolkien, profesor en la Universidad Oxford, era un fino conocedor de la épica europea, sus continuadores se basan en la fabulación del profesor y no en sus fuentes, entre las que se cuenta Beowulf, poema épico inglés del siglo VIII al que dedicó una conferencia en 1936.


Idem en Burgos

Es el signo de los tiempos. El realismo, cuando no el costumbrismo, han aniquilado la Épica, confinada a las películas de acción o las tardes de domingo en los estadios. No nos mueven los grandes principios, el ímpetu heroico de Aquiles el de la cólera funesta o el tesón del piadoso Eneas. Y es de temer que el resonar pesado del cuerno Olifante sólo despierte en Francia a los votantes de Le Pen, que siguen practicando el culto de Juana de Arco como encarnación de sus virtudes patrias. Tal vez sea eso, la apropiación de los héroes por parte de los fascismos del siglo XX, con los Nibelungos esta vez con camisa parda, y las huestes del Cid con ropajes azules, lo que haya apartado del gusto general esa recia veta de la cultura que es la épica en todas sus manifestaciones. Aunque dentro de esa corriente se encuentren frutos tan deliciosos como la llamada “materia de Bretaña” o literatura artúrica, readaptada y puesta al día también por los autores de “fantasía épica”, las descacharrantes novelas de caballería (un par de ellas siguen leyéndose incluso con cierto fervor popular en Valencia y Cataluña: “Tirant lo Blanc” y “Curial e Güelfa”) o los poemas épicos cultos que intentaban reactualizar los valores de la épica de griegos y romanos y que tomaron formas deslumbrantes como La Divina Comedia de Dante, el Orlando Furioso de Ariosto, La Araucana de Alonso de Ercilla, la Jerusalén Liberada de Torquato Tasso o El Paraíso Perdido de John Milton.


El otro Cid

Todos estos hitos literarios tienen en común la narración de los hechos de personajes dotados de capacidades y valores, e incluso naturaleza, diferentes de los demás. Sus hazañas son el tema de todos estos poemas como lo es el caso de Rodrigo Díaz de Vivar. Este retrato de personajes ejemplares por su valor y perseverancia es, a la vez, el género fundador de toda literatura, como lo atestiguan el Poema de Gilgamesh, que puede remontarse incluso al año 2750 a. d. C., muchos de los libros de la Biblia o las obras monumentales de la India: el Mahabharata y el Ramayana. Tan importante tradición, milenaria, sin embargo, no se ha roto como tal hasta muy recientemente. Basta con leer el Martín Fierro del argentino José Hernández para tener la sensación de encontrarnos con otro Cid, gaucho, sentencioso y renegado, que sirva de modelo y espejo para los argentinos. Tal vez sea la eclosión de la cultura de masas, la aparición del cine y la televisión, para que otros héroes hayan llegado hasta nosotros. Puede que Spiderman, Superman o los personajes de la Guerra de las Galaxias sean los que expresan el viejo espíritu épico. Todo, para que ocho siglos después, se hable de espadas falsas y el Cid prefiera despojarse de la cota de malla y se vista de luces.

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