viernes, 29 de junio de 2012

MAYO DEL 68: EL FIN DEL SUEÑO


[Artículo publicado en diario Sur el 30 de mayo de 2008]

Hace hoy justamente 40 años, Francia volvió a respirar con la convicción de una derrota y el final de un sueño. Ese 30 de mayo de 1968, a las 14’30 horas, el general Charles de Gaulle, presidente de la República Francesa y héroe de la Segunda Guerra Mundial que había encarnado el espíritu de independencia de Francia frente a la ocupación nazi y que ahora representaba una voluntad de grandeza, la grandeur tan cuestionada, para su país, se dirigió a sus compatriotas por televisión para anunciar que no renunciará a su cargo, que no convocará ningún referéndum político y tampoco cambiará a su primer ministro, Georges Pompidou. A cambio, ofrecía la disolución de la Asamblea Nacional y formulaba su voluntad de rebajar la tensión si “todo el pueblo francés se implica para que la existencia normal no se rompa por aquellos elementos que intentan evitar que los estudiantes estudien y los trabajadores trabajen”. Esa misma tarde, ochocientas mil personas se manifestarán por el centro de París en apoyo a De Gaulle y en repudio de la agitación revolucionaria de las semanas anteriores. Cinco días después, las huelgas han terminado. Y con ellas, la revolución ha quedado descartada y al propio De Gaulle le quedará muy escaso margen para hacer Historia: dimitirá tras un referéndum celebrado el 27 de abril de 1969 sobre una reforma autonómica y se retirará  a Colombey-les-Deux-Églises para escribir sus memorias. Allí morirá el 9 de noviembre de 1970.

Los sucesos que estuvieron a punto de desembocar en revolución en Francia, con el riesgo de extenderla por otros países tal como sucedió en diversas ocasiones en el siglo XIX, tuvieron su arranque en marzo de 1968, cuando el día 10 un grupo de 150 estudiantes, dentro de una protesta contra la guerra de Vietnam, ocupan diversas oficinas de la Universidad de Nanterre, en las afueras de París. El líder de lo que pasa a llamarse “Movimiento del 22 de marzo” es el estudiante anarquista Daniel Cohn-Bendit, que pasará a ser conocido como Danny el Rojo. La consecuencia de este primer hecho, en una cadena en la que cada acto dará lugar a otro más grave, más peligroso, es el cierre del campus hasta el 1 de abril. La calma se mantendrá un mes escaso: el día 27 de abril es arrestado Danny el Rojo, lo que provoca la reacción de sus compañeros que ocasiona un nuevo cierre de Nantere el 2 de mayo cuando el rumor de que grupos fascistas tienen previsto asaltar el campus, ante lo que los alumnos se declaran en estado de autodefensa. Ese estado de agitación hará que los hechos se sucedan vertiginosos, implacables.

El 3 de mayo comienzan las manifestaciones y huelgas estudiantiles como respuesta a las detenciones, ahora en la Universidad de la Sorbona, de estudiantes congregados ante la comparecencia de Cohn-Bendit y sus compañeros, conocidos ahora como “Los Ocho de Nanterre” ante un comité disciplinario. El día 6, el lunes sangriento, estalla la violencia al reprimir la policía la marcha de los Ocho de Nanterre a su salida del tribunal. El balance de aquellos disturbios es elocuente: 422 detenciones, 345 policías heridos. La gran manifestación de protesta de los estudiantes al día siguiente, con banderas anarquistas ondeando en el Arco de Triunfo y La Internacional sonando en las calles, sirve para que los sindicatos comiencen a criticar la actitud policial y a plantearse su apoyo a los estudiantes. En este momento, el movimiento estudiantil se ha extendido por el resto del país. La negativa del presidente De Gaulle a ceder ante la presión desemboca en la noche de barricadas del 10 de mayo, con 200 vehículos incendiados, 376 heridos de los que 251 son policías y 468 detenciones. Esa noche, la más famosa de la revuelta, contempla cómo los vecinos de París socorren a los estudiantes. La revolución parece un hecho que ya ha comenzado. Y el día 13 parece inevitable cuando los sindicatos CGT y CFDT declaran la huelga general junto con los estudiantes, los rebeldes ocupan la Sorbona y la llenan de retratos de Marx, de Mao, de Che Guevara. La huelga incluye la ocupación por parte de los trabajadores de gran parte de las fábricas, lo que desconcierta a los sindicatos que no habían previsto llegar a esos extremos. Aunque los Ocho de Nanterre ya han sido liberados, la huelga dura casi dos semanas y moviliza a diez millones de trabajadores. El inicio de la huelga alberga también una manifestación de un millón de personas que exigen la dimisión de De Gaulle. Ahora, no sólo el Partido Comunista francés sino también el Socialista, dirigido por Miterrand, apoyan por completo las movilizaciones de la izquierda.


El presidente parece inmutable. Incluso viaja durante seis días a Rumanía, durante los cuales se ocupa el Teatro del Odeón en París y se suspende el Festival de Cannes en solidaridad con la lucha de obreros y estudiantes. El día 22 se le retira a Cohn-Bendit, nacionalizado alemán, su permiso de residencia en Francia y es expulsado al país de sus padres. El 24, el presidente reacciona y en un mensaje televisado asegura que se mantendrá el orden a toda costa y que se convocará un referéndum sobre la participación en la Universidad y la empresa, pero el mensaje es respondido por manifestaciones multitudinarias en todo el país: en París son 50.000 los trabajadores que se echan a la calle, alzan barricadas y atacan con cócteles molotov el edificio de la Bolsa. El día 25 la huelga se extiende a la televisión estatal a la vez que se inicia el diálogo del gobierno con sindicatos y patronal, que fructifica el 27 con la reducción de la jornada laboral y la rebaja de la edad de jubilación. Sin embargo, la huelga continúa. El 28, dimite el ministro de Educación, y al día siguiente De Gaulle se reúne en secreto con el general Masu, máximo jefe de las fuerzas francesas estacionadas en Alemania. La posibilidad de un golpe de estado para detener la revolución está en el aire. Queda el último recurso de pedir por última vez al país una reacción antes de entregar la nación a los revolucionarios o al ejército. Ese esfuerzo último es el que tuvo lugar el 30 de mayo, hace hoy cuarenta años y que abre esta crónica retrospectiva.

El 31 de mayo, a la vista de la gran manifestación en París, otras muchas se celebran en el resto del país, todas en apoyo al general De Gaulle. Es el retorno a la normalidad que los carteles de los estudiantes retratarán como un rebaño de sumisos corderos. Entre el 4 y el 6 de junio se recupera la calma, vuelven a funcionar los servicios públicos y las empresas. Habrá últimos conatos de rebelión el 11 de junio, se celebrarán elecciones en las que la derecha consiguió la mayor victoria en toda la Historia de Francia. El lema formulado por De Gaulle como respuesta, y usado en su contra por los estudiantes, “La reforma sí, el desorden no” terminó por imponerse como la vía más adecuada. En los últimos cuarenta años.

miércoles, 27 de junio de 2012

Sin vanidad

[Necrológica de Fermín Durante publicada en diario Sur el 14 de enero de 2007]
 
      A Fermín Durante la sonrisa le llegaba en dos fases. En la primera, los labios se arqueaban, y en la segunda, había un destello fugaz que sólo los muy avispados sabían captar. Este artista alto de estatura y de saberes se destacaba sobre los demás, su porte de persona recta se imponía en las galerías, entre el barullo entre festivo y comedido de las inauguraciones, y había siempre un instante para oír su voz en un rincón, en un aparte para preguntar con extremada atención por los asuntos comunes, y a continuación la melancolía salía a flote. Recuerdo a Fermín Durante el día que tomó posesión de su puesto en la Academia de Bellas Artes de San Telmo, su confidencia de la perplejidad que le causaba que toda esa alegría no le alegrara. Que se sentía honrado por su esposa, Micheline, y por sus hijos, que sabía que era un momento importante para todos, pero que a la postre la vanidad, la infinita vanidad del todo según un verso de Leopardi, es algo a lo que era inmune. Ahora Fermín ya no puede escuchar a sus amigos, emitir destellos en sus ojos, y queda el último recuerdo suyo en la inauguración reciente de la muestra de los fondos artísticos de este diario cuando confesaba la inminencia de radiaciones para combatir el cáncer que había vuelto a atacarlo. 

     Fermín Durante era un gran artista, pero su manera de vivir, ajeno a conspiraciones, a súplicas, al autobombo, a la vanidad en definitiva, quizás no le permitió ser tan conocido como debiera. Sus pinturas, de minuciosa elaboración, elaboradas por la mano de un orfebre del pincel, quedan aquí. Pero más allá de esos lienzos y tablas queda su mejor obra: el recuerdo dulce y delicado de un hombre pleno de bondad que nos ha dejado marcados, de manera indeleble, a los que, en uso de una vanidad que sólo aquí puede justificarse, fuimos sus amigos y lo quisimos tanto. Y más que lo vamos a querer.
 

Fermín Durante o la confesión secreta

[Nota de 2012. Fermín fue amigo mío. Y yo fui su amigo. Murió en 2007, cuando yo aún le debía un escrito, del que nunca le hablé, del que nunca hablé a nadie, y al que aludo en las primeras líneas del artículo, que se se titularía "Estética para Fermín" en el que intentaría consolarle de ese tormento interior de inseguridad y de miedo. Fue un hombre generoso y bueno. Al que sólo se puede recordar con amor. El artículo que sigue, y que para él fue muy valioso, se publicó en el diario Sur sobre diciembre de 2005]

Fermín Durante (Málaga, 1933) luce en su pecho, como dice el viejo poema de Gerard de Nerval, el astro negro de la melancolía. Yo le conozco bien, y de hecho llevo años pensando en escribir una especie de epístola latina, entre senequista y ciceroniana, a Fermín. Porque es algo que sorprende comprobar cómo hay esa melancolía elegante y secreta en su pintura y, más escondida aún, en su persona. Cuántas veces los hombres no están a la altura de sus deseos o de sus obras. Cuántas veces se esfuerzan por negarse a sí mismos el pan y la sal cuando sus merecimientos requieren las más ricas viandas. Y esto es algo que sucede con Durante, a quien considero un virtuoso en su arte y un compañero en la vida. Es de esas personas que uno desearía abrazar cada vez que lo encuentra en vez de sonreírnos y agitar las manos de acera a acera. Porque Fermín, con su magnífica planta de aristócrata romano, se mueve entre nosotros como si huyera, como si llevara la cabeza hundida entre los hombros cuando tampoco eso es cierto. Pero es la impresión que Fermín da.

Rico en vivencias y en anécdotas, Durante comenzó a pintar de joven, en los años cincuenta, con un impresionismo pulcro que más parecía inglés en la pincelada que esa cosa expansiva que hay en Sorolla. Es más, tendía más al cuidado de Fortuny que a la agitación crispada de Van Gogh o los difuminados en fuga de Renoir. Todo este juicio, osado e intuitivo, se basa en un retrato del padre de Fermín que él atesora con esa contención sentimental y sensible que le caracteriza.

Fermín Durante: Quietud
(Museo del Patrimonio Municipal de Málaga, MUPAM)

Porque es el sentimiento algo que destaca a Fermín Durante, y así no se ha convertido a la fe tan común del comercio, de “te pongo joven y hermoso, príncipe de un lluvioso país”, sino que, como en el poema de Baudelaire, remarca la impotencia del sujeto. O al menos no la oculta. Humano, demasiado humano, sabio, ha comprendido “la infinita vanidad de todo”, como amargo reconocía Leopardi, se ha alejado del tráfago de honores y transacciones, de inquinas y conjuras, que distingue el ámbito de la pintura cuando se convierte en un recurso alimenticio, y al tener un medio de vida que es la fotografía, tiene el arte como el medio de trazar su más delicada biografía, tan delicada y cautelosamente que es en la figura de otros donde mejor se confiesa. Y es que, según Pessoa, “el poeta es un fingidor”. Y no es en vano nombrar tantos poetas tan de seguido, nombrar a Nerval, a Baudelaire, Leopardi y Pessoa, al que habría que añadir Mallarmé con su confesión de saber que la carne es triste. Tampoco es baladí que la mitad de los nombrados sean franceses, por las afinidades culturales y familiares que Durante tiene con el país vecino.

Porque es una poética, con lo que conlleva de ética, lo que hay en la pintura de Durante, que nunca será un pintor de multitudes sino un secreto orífice que deja pasar la vida sabiendo lo que la vida es y manteniendo pese a todo la esperanza por titubeante que sea, dejando un legado de bondad, dejando la emoción detenida de una llama en sus lienzos, como hizo Georges de La Tour, impregnando de spleen esa carne mortal, ese misterio perfecto y por tanto intangible que nos presenta con el enigmático fulgor de un John Singer Sargent. Aunque no nos demos cuenta, en cada obra Fermín Durante se confiesa. Hay que ser muy valiente y muy prudente para hacerlo de tal manera. Es algo que sólo está al alcance de quien se pueda llamar, como aquí se hace sin rubor y sin forzar los términos, un Maestro.

lunes, 25 de junio de 2012

El imperio eres tú


Presentación de la novela "El imperio eres tú", Premio Planeta 2011, de Javier Moro. Acto celebrado en el Centro Andaluz de las Letras (Málaga) el 4 de junio de 2012.


Este acto, la presentación de “El imperio eres tú”, de Javier Moro, se convierte en un placer. Tal vez porque presentar a Javier es algo obvio, innecesario. Miro mi ejemplar de “Pasión india”. Séptima edición, abril de 2005. La primera es de enero de ese año. ¿Hay alguien en esta sala que no haya leído a Javier Moro, que haya venido a ponerle voz, rostro, a sahib Moro? Seguro que no. Estamos aquí para disfrutar. De su compañía, de su palabra. Que sea para hablar de su última novela, galardonada con el Premio Planeta 2011, es, reconozcámoslo, un pretexto para esta multitudinaria reunión de amigos. Pero los actos requieren un procedimiento, un protocolo, unas normas. Para que sea él quien nos explique cómo surgió “El imperio eres tú” y nos confirme por qué nos gustó, debemos cumplir con la tradición y hacer que sea primero mi voz de lata la que trace las primeras líneas, burdas, del mapa de ese imperio que esta tarde nos congrega.

Al cerrarse el libro, las últimas palabras de Javier nos comunican cuál era su intención, “contar desde dentro lo que los historiadores han contado desde fuera”. Tarea descomunal, pero que vive Dios que Javier ha culminado con éxito. Desde este trozo de la península, es verdaderamente poco lo que conocemos del otro pedazo. Nuestra capacidad de asombro por las vivencias de esos portugueses transterrados a Brasil, sus aventuras de ida y vuelta, mantienen para nosotros la capacidad de encender el asombro, y mantenerlo a lo largo de 553 páginas. El nacimiento del Brasil independiente, la fortuna inestable de su creador, el emperador Pedro I de Braganza y Borbón, medio portugués y medio español y brasileño por elección,  es el tema de esta novela apasionante. Siendo los acontecimientos, múltiples, los que mantienen el peso de esta ficción poco ficticia, son, sin embargo, los personajes los que nos capturan desde un inicio. Y, más que los personajes, la forma en que Javier Moro, con certeras definiciones, pinta el carácter y las circunstancias de los personajes. 

La narración, basándose en citas de cartas, de diarios, de memorias, en diálogos,  tras la que se esconde una abrumadora bibliografía, mostrará cómo se cumplen esos vaticinios, cómo están plenos de matices y de vida. Así sucede con la relación entre el rey de Portugal, padre de nuestro protagonista, y su esposa: “Los esposos se tenían una mezcla de miedo mutuo, con un trasfondo de odio profundo y visceral. No vivían juntos desde hacía tiempo, desde que Carlota Joaquina aprovechó una depresión de su marido para intentar provocar un golpe de Estado y asumir la regencia de Portugal. Aquello fue la gota que colmó el vaso, aunque don Juan, que no era de temperamento rencoroso, reaccionó con indulgencia”. El propio monarca portugués, Juan VI, es presentado bajo una lente poco favorecedora: “Por primera vez en la historia, un monarca europeo se había mudado a sus colonias, y con él, toda la elite del país, una décima parte de la población. Reacio a tomar decisiones, aquélla, la única importante en toda su vida, resultó un acierto, ahora que lo veía desde la distancia. Pero en aquel momento se creyó un rey indigno de la confianza que el destino y su nacimiento habían depositado en él, incapaz siquiera de estar a la altura de sus responsabilidades ni de defenderse, un rey a punto de ser barrido por el vendaval de la historia.

                                Pedro I, emperador de Brasil


Pero Javier rehuye, estando tan claro el paisaje, de tomar partido. Estos personajes históricos, lastrados de debilidades y cobardías, de orgullo y de errores, sin embargo, y con la excepción de la citada reina Carlota Joaquina, hermana de nuestro Fernando VII y como él felona, rencorosa y estúpida, y de su hijo el infante Miguel, terminan haciéndose querer, o al menos haciéndose acreedores por parte del lector de una indulgencia serena y mesurada, una suspensión de la condena y del dicterio. En su mayor parte ajenos a la ejemplaridad, no son descritos, en sus acciones y sus facciones, a brochazos monocromos. La abundancia de facetas, de vida por tanto, evita que los odiemos o los  adoremos del todo. Javier Moro no cae, como tampoco lo hizo en su exitosa y notable, tan malagueña también, novela sobre nuestra maharaní de Kapurtala, en la mitificación de sus protagonistas. Aquí el protagonista medular es el emperador Pedro I de Brasil. Un hombre que erigió un país poderoso y nuevo, pero que lo hizo recurriendo por igual al amor por el pueblo y a la presión angustiosa de las circunstancias. El peso, amenazante, de la historia, las angustias que lo ponían entre la traición a su patria original y el amor por la que entre convulsiones se aproximaba al nacimiento, el respeto por su familia, los Braganza coronados  y zarandeados por el siglo, y la rebelión ante el abuso, la ruptura con los suyos, es algo que viviremos junto a Pedro, que nos hará sumergirnos en estas páginas plenas de tensión. Cuando el personaje se comporte como un conquistador adúltero y alocado, no nos ocultará Moro lo peor de ese carácter en efervescencia amorosa, prisionero del deseo: ¿Sospechaba algo Leopoldina? Hacía tiempo que sabía que su marido era un donjuán, ya lo tenía asumido. No le creía capaz de enamorarse ni de mantener una relación duradera en el tiempo. Lo sabía inconstante, caprichoso y voluble”.

Tal vez sea la emperatriz Leopoldina la que más virtudes atesore, la que se presenta como una compañera fiel y traicionada, que sufre pero a la vez mantiene la devoción primigenia por su marido y el sentido, tan germánico, del deber y del compromiso con su destino, la que mayor consideración puede recibir del lector. Pero será un respeto frío, teutónico también. La grandeza de la mansa y callada Leopoldina, atenazada entre el conservadurismo reaccionario de su padre, el emperador de Austria, y el liberalismo revolucionario y masónico de su marido, queda realzada por la venalidad corrupta de su gran rival amorosa, Domitila de Castro, que es el reverso exacto de la paciente y entregada emperatriz Leopoldina.  Las zozobras, el corazón herido, de la emperatriz Leopoldina, quedan expuestas en un fragmento magistral: 

“¿Dónde estaba la verdad y dónde la mentira? En el fondo Leopoldina jugó la carta del esposo-buen-padre-de-familia que puede tener algún desliz, pero que en el fondo es fiel hasta la médula a su matrimonio, a sus hijos y a los verdaderos valores. Aquello era justo lo que Leopoldina precisaba oír. Esas palabras le devolvían la vida que se le estaba yendo a fuerza de padecer su sufrimiento en silencio y fueron acompañadas del gesto de acercarse a ella, de pasarle el brazo por la espalda y de apoyar su cabeza sobre su hombro. Una muestra sencilla de afecto que tocó su fibra más íntima. Hacía tanto tiempo que no le demostraba ternura... Por un momento pensó que había recapacitado, y que volvía a casa, a sus brazos, a su regazo. Se sintió querida, aunque sólo durante un fugaz instante que bastó para convencerse de lo que en un estado normal de lucidez nunca hubiera creído. Era capaz de ver blanco aunque fuese negro. No tenía sed de afecto, sino también una enorme necesidad del amor de su marido porque la justificación de su vida giraba en torno a él: su matrimonio como deber religioso, sus hijos, su dedicación a la independencia, su vida en Brasil, su título de emperatriz, su existencia, todo. La vida sin él no podía considerarse como tal. Sola en un entorno hostil, necesitaba a Pedro como el aire que respiraba. Todo era válido con tal de mantener encendida una llama, por débil que fuese, en el corazón de Pedro, para facilitar el regreso del esposo infiel a la armonía familiar”.

                                  La emperatriz Leopoldina

Domitila, y con ella su clan y su pequeña corte de arribistas, es objeto de otro análisis intenso y a la vez desapasionado:

“Toda la familia disfrutó de prebendas. Era de conocimiento público que tras los nombramientos provinciales y hasta de algunos obispos estaba la alargada mano de la concubina. Sin embargo, Domitila no lo hacía para asumir poder político. No era madame Pompadour, no tomaba partido en las disputas y rencillas políticas, no era ambiciosa en ese sentido. Era muy hermosa y le interesaba más su atuendo que los asuntos de Estado. Leal con sus amigos, no tenía pudor en conseguirles favores, promociones, títulos de parte del emperador, y eso bastó para granjearle la furia de sus enemigos, que alegaban que su presencia en la corte estaba corrompiendo el imperio, lo que por otra parte era cierto”.

                                           Domitila de Castro

Creo que se va haciendo larga mi intervención, prescindible mi voz ante la pertinencia de la de Javier Moro.  Permítanme, para terminar, y para que la lectura de esta novela imperial sea imperiosa, leerles mi pasaje favorito de la misma y que encierra una de las muchas claves de este libro, la conversación entre el entonces príncipe Pedro y el general Hogendorp: 

“-Habéis vivido más tiempo aquí que en Portugal. ¿No os sentís de aquí, alteza?
-Soy portugués, general. La patria es la patria.
El general guardó silencio. Se oía el canto de los pájaros en la selva circundante, y el martilleo de Simba preparando harina de mandioca. El general volvió a llenar los vasos.
        -La patria no es donde uno nace- dijo al servirles.
        Se quedó callado un momento, y luego prosiguió:
        -La patria está donde está el corazón, lo sé por experiencia...
        Pedro le escuchaba, aunque no estaba seguro de entender bien lo que el general quería decirle.
      -Yo soy holandés de nacimiento –siguió diciendo el anciano.- Tengo nacionalidad francesa, vivo en Brasil pero mi patria... mi patria es Java. Es donde hubiera vuelto si hubiera podido. Por eso sueño por las noches que sigo allí... Veo caballos piafando en la veranda, y elefantes enjaezados con sedas llevando a princesas en sus torretas de oro... Diréis que estoy loco, y probablemente tengáis razón.
      En ese momento tendió el brazo hacia el paisaje que se desplegaba ante ellos, amplio, brillante de luz tropical, soberbio. Y dijo una frase que se quedó grabada en la memoria de Pedro.
      -Tened cuidado, alteza, de no volver a Portugal para pasaros el resto de vuestra vida añorando esto...
       Y abarcó con sus brazos aquella inmensidad verde y azul coronada de nubes, esa naturaleza exuberante cuya belleza no podía dejar a nadie indiferente”.