domingo, 21 de julio de 2013

Lecturas: Historia de un Estado clandestino (Jan Karski)

Cada guerra, cada conflicto, tiene su soldado desconocido, su héroe olvidado, su víctima de silencio y de ceniza. Su derrotado ejemplar. Tal es el caso de Jan Kozielewski. Cuyo nombre no aparece en los libros de historia, y cuando lo hace, en una minúscula nota al pie de página, lo hace con otro nombre, uno que la clandestinidad obligó a adoptar y por el que el recordado, aunque, ay, muy poco: Jan Karski. Autor de este abrumador volumen, su efigie, de muy mayor, la recoge una estatua de bronce en el parque de la universidad de Georgetown, en la que fue profesor entre 1952 y 1992. Sentado en un banco de madera, apoyado en un bastón y con un tablero de ajedrez invitando a compartir asiento e imposibles confidencias, una placa en el suelo resume en inglés sus virtudes y vicisitudes: “Jan Karski (Jan Kozielewski), 1914-2000, mensajero del pueblo polaco ante su gobierno en el exilio, mensajero del pueblo judío ante el mundo, el hombre que alertó sobre la aniquilación del pueblo judío cuando aún había tiempo para detenerla. Nombrado por el Estado de Israel Justo entre las Naciones, héroe del pueblo polaco, profesor en la Universidad de Georgetown (1952-1992), un hombre noble que caminó entre nosotros y nos hizo mejores con su presencia, un hombre justo”. Réplicas de esta estatua fueron emplazadas, posteriormente, ante el consulado de Polonia de Nueva York, en el campus de la Universidad de Tel Aviv, en la ciudad polaca de Kielce y, convirtiendo el banco en sillón y eliminando el tablero, en Varsovia.
Georgetown

Nueva York

Tel Aviv
Kielce

Varsovia

Publicado en 1944 (adviértase, durante la Segunda Guerra Mundial y antes de la liberación de los campos), “Historia de un Estado clandestino” es el relato, en primera persona, que Karski hace de su actividad en la Resistencia polaca hasta el momento en que, enviado a dar cuenta al gobierno polaco en el exilio de las actividades de la Resistencia, cumple esta misión en Londres y es enviado a informar al presidente Roosevelt en Washington. Junto al funcionamiento del admirable estado polaco clandestino al que se refiere el título, es la situación del pueblo judío el gran secreto del que Karski era portador. No porque llevase consigo documentación microfilmada al respecto, sino porque él mismo fue testigo. De una honestidad intachable, el católico Karski insistió en conocer de primera mano lo que sucedía, para evitar estar mediatizado: “Me ofrecieron llevarme al gueto de Varsovia para que, literalmente, pudiera ver el espectáculo de gente moribunda, exhalando su último suspiro ante mis ojos. Me conducirían a uno de los tantos campos de exterminio en los que se torturaba a los judíos y se los mataba a miles. Como testigo ocular, yo sería mucho más convincente que como mero portavoz. Asimismo, me advirtieron que, si aceptaba su ofrecimiento, arriesgaría mi vida para llevarlo a efecto. También me previnieron de que el recuerdo de las espantosas escenas que presenciaría me perseguiría durante toda la vida. Les dije que aceptaba”.


Si todo el libro es un relato exacto, tenso y despojado de la lucha del nobilísimo pueblo polaco contra el invasor nazi (Karski fue movilizado, huyó de los alemanes para ser apresado por los soviéticos, se sometió voluntariamente a un canje para ser prisionero de los alemanes, de los que más tarde se evadió para integrarse en la Resistencia, cayendo prisioneero nuevamente y ser salvajemente torturado...), son dos capítulos, “El gueto” y “Morir en agonía...”, los que captan la experiencia medular de Karski. El libro completo cabe en el resumen en los párrafos con los que Karski, frente a la Casa Blanca, cierra estas memorias imprescindibles y que, para los que no conozcan este libro sobresaliente, pueden inducir a su lectura:

Me senté en un banco y observé a los transeúntes. Vestían bien y parecían saludables y satisfechos. Daba la sensación de que la guerra apenas los había afectado. Los acontecimientos me pasaron por la cabeza en veloces y extraños  fragmentos.
El exquisito salón del embajador portugués en Varsovia, y luego, abruptamente, sin transición alguna, el calor, el polvo y el humo de la batalla, así como la amargura de la derrota. La interminable y caótica marcha hacia el este, y la fútil búsqueda de inexistentes destacamentos. A continuación, los silbantes vientos y las inhóspitas estepas soviéticas. La alambrada del campo de prisioneros. El tren. El campo de concentración alemán en Radom y un primer atisbo de una brutalidad que nadie había imaginado jamás, la suciedad, el hambre, la degradación. Luego, la Resistencia, el secreto y el misterio, el ligero y constante temblor nervioso. Las montañas eslovacas y el viaje en esquí, como una irrupción en el mundo superior.
La hermosa ciudad de París, en tiempos de guerra... Angers, rebosante de espías alemanes... Luego el regreso por los Cárpatos, hacia la tierra de las tumbas, las lágrimas y el dolor. La Gestapo y mi primer golpe en sueños... Posteriormente, las palizas, los dientes y las costillas, la sangre que manaba a raudales, cubriéndome los ojos, los oídos, inundando el mundo.
Luego las palabras: “Teníamos dos órdenes con respecto a ti. La primera era hacer cuanto estuviese en nuestro poder por ayudarte a escapar. La segunda era matarte si fallábamos”.

Después, el duro trabajo en la Resistencia, monótono, secreto, peligroso. El gueto y el campo de exterminio, el recuerdo y  las náuseas que provocaba, los susurros de los judíos, como el estruendo de una colisión de montañas. Y Unter den Linden, Berta, Rudolf, gente que alguna vez amé y que ahora detesto. Los Pririneos de noche y los Pirineos de día. El mundo diplomático y las conferencias. Mi condecoración. Y luego lo vi a él, como puedo verlo ahora, mientras escribo, el anciano caballero, cansado, que, con los paternales ojos fijos en los mío, me decía: “No le doy ninguna orden ni le hago recomendación alguna. Usted no está representando al gobierno polaco y su política. Los servicios que le suministramos son puramente técnicos. Su misión consiste sólo en reproducir objetivamente lo que ha visto, lo que ha experimentado, lo que se le ha encomendado que diga sobre quienes están en Polonia y en los demás países europeos ocupados.

jueves, 18 de julio de 2013

Algoritmos por sevillanas



LA FORTALEZA DIGITAL. Autor: Dan Brown. Editorial: Umbriel. Páginas: 448.


HAY algo que escama en esta novela. Que el autor tenga que iniciarla disculpándose por no dar una imagen eufórica de Sevilla y de España, como si por ello se fueran a asaltar los consulados de Estados Unidos, como si tuviéramos un patrioterío talibán, y que siendo la primera de Dan Brown haya sido la última en publicarse. 

Vayamos por partes. España no es un paraíso. Es más, el paraíso no existe. Y si hay putas, camellos, punkis y calor en Sevilla, o los lavabos del aeropuerto de nuestra ciudad vecina no están limpios, pues no pasa nada. Se creó mucha escandalera previa con la visión que Brown daba de España y no hay para tanto. Así, no hace falta que el pobre hombre tenga que confesar, o inventarse, en su disculpa, que está aprendiendo a bailar sevillanas. Es más, a veces son divertidos los errores que comete, como situar el Ayuntamiento de Sevilla en la Plaza de España o contar cómo las sevillanas suelen lucir mantillas en misa. 

Eso sí: los guardias civiles fuman Ducados y los punkis beben cerveza Águila. Por tanto, algo de documentación minuciosa ha habido. Del mismo modo que errores idiotas, como señalar en la página 351 que el sicario malo es sordo para describirlo oyendo un golpe ocho páginas más adelante. 


Una novela tan mala

Pero tampoco hace falta ponerse duros con el muchacho multimillonario. Pobre desgracia ha tenido ya con escribir una primera novela tan mala. Uno, por exigencias de la actualidad, se ha leído el resto de las obras de Brown. Y si, con la advertencia previa de que hablamos de productos de consumo, no de auténtica y legítima literatura, 'El Código da Vinci' era mecánica pero entretenida, 'Ángeles y Demonios' tenía un final tan ridículo que podría titularse 'Mira quién vuela' y 'La conspiración' era correcta, 'La Fortaleza Digital' es simplemente mala. No de solemnidad, pero mala a las claras. 

Veamos: la cosa va de criptógrafos (eso que tanto le gusta a Brown), pero tan torpes que se tiran las últimas páginas de los nervios, al borde del patatús, buscando una clave que el lector más abstruso ha deducido mucho antes que tan excelsas y audaces eminencias. Y no es cosa de ponerse a gritarle un número a un libro. Aunque sea de Dan Brown. 

Y el resto es lo de siempre: capítulos cortos que duran lo mismito que un vagón de metro entre estación y estación, un guapo y una guapa luchando contra las circunstancias, confiando en quien será un villano y desconfiando de quien es finalmente inocente. 

Y al llegar al final, miel sobre hojuelas, el suelo de la sala de lectura lleno de palomitas y el cheque gordo en el bolsillo de Daniel el Travieso. Eso sí, sigo sin saber lo que es un algoritmo tras leer la novela. 

Que parece que lo que busca el autor es que los de Letras cojamos el tocho de la Real Academia y lo comprobemos. Pero, Dan, cariño, no me mueve mi Dios para hacerlo (ni para quererte). Al menos, queda el consuelo de que pasará un tiempo sin que nos aflija con otra de sus ficciones sin adicciones (ni cafeína).

Publicado en Diario Sur el 24 de marzo de 2006


Lecturas: Inferno (Dan Brown)

Hubo un tiempo en que los libros de Dan Brown cumplían lo mínimo que se le puede pedir a un libro: que no te aburriera, que fuera sumiso en las manos y que respondiera con cierta bondad al detalle que tenemos al abrirlo, al decir "bueno, muchacho, a ver qué me ofreces". El resultado era el equivalente de ver una película sin pretensiones y con mucho efecto especial, puro rato de palomitas. Eso ha ido pasando, con peor o mejor fortuna, con todos sus títulos (véase la crítica deslenguada que en su día publiqué de "La fortaleza digital" y que en un plisplás recuperaré aquí). Pero no con éste, "Inferno". Hasta Javier Sierra (que ya es decir) supo hacer algo entretenido con el Renacimientop italiano en la sobrevalorada "La cena secreta". Pero Brown cae aquí en la monotonía, en creer que decidir escenarios interesantes (Florencia, Venecia, Estambul) basta para que el lector poco exigente se dé por satisfecho. Nada de eso. Aquí, todo es pocas ideas, pocos datos, información somera. Desgana. Comercio. Aburrimiento. Las palabras manidas de Dante, que aquí se repiten con desgana, las de dejar toda esperanza por parte de los que entren, deberían haberse usado aquí no como cita introductoria, sino como aviso para los lectores. 


Toda posible novedad ha sido dejada fuera por el desganado Brown, que aquí también incurre en despistes, en fallos de racord como cuando cuenta que Langdon descubre que Sienna Brooks está calva en una escena anodina para volver a descubrirlo un puñado de páginas más tarde en otra escena igualmente tonta. Y si para su conveniencia tiene que meter a mujeres en burka (no con hiyab ni niqab, burka a la manera afgana) en Estambul, lo hace. Y es más, mete como figurante en esa ubicación a un hombre vestido con una elegante túnica y turbante. Un auténtico moro de opereta. Cosas así son las que te hacen desesperar con una novela que en manos más hábiles (lo dicho, y perdóneme Dios, las de Javier Sierra) hubiera evitado convertirse en un tocho indigesto y lento y tonto y otra vez tonto de 633 páginas. El libro me acompañó a un viaje lejos, con vuelos largos y aburridas noches de hotel. Ni así consiguió que me interesara por él. Lo que en otras ocasiones fueron tres o cuatro días de alborotada lectura se convirtió en algo tan lento y apasionante como la Constitución de cualquier país desdichado. Un asco, un horror. Un error. He dicho.