jueves, 30 de octubre de 2014

Lecturas: Aegypto (John Crowley)

En los tiempos en que uno agarraba soberanos rebotes porque las secciones dedicadas a la ciencia ficción en las librerías estaban ocupadas por chorradas de enanillos, hechiceros y embrujos (no es que me haya aficionado al subgénero de espada y brujería, es que ya me da igual), en esos tiempos, decía, de comienzos de los noventa en que me aficionaba al género de San Philip K. Dick, este libro, Aegypto, de John Crowley, tenía su prestigio y la promesa de multiplicarse en varios volúmenes venideros. Conseguí los que le sucederían, Amor y sueño, y Daemonomania. Y justo ahora me entero de que un cuarto libro, Endless Things, se quedará sin traducir ni editar en español. Lo que significa que de esta lectura se deriva un cálculo, hecho antes de emprenderla. Cuyo resultado es leer los tres volúmenes de que dispongo, dejando librado al capricho y a la experiencia la lectura, en riguroso inglés, del último. Ya se verá. De todos modos, pese a la seductora sugerencia del autor que hace John Clute en su imprescindible Ciencia Ficción. Enciclopedia Ilustrada (uno de esos volúmenes que siempre me acompañarán como un guía fiel y sereno), la lectura no me hace ansiar lanzarme sobre el segundo título de la tetralogía. Tal vez porque aquí lo que hay es costumbrismo trufado de toques fantásticos y eruditos. No, en cualquier caso, ciencia ficción. Como ejercicio literario es un libro magnífico, que se parece más a los de, digamos, el Philip Roth de Pastoral americana (o, mejor aún, por su carga introspectiva, cualquiera de Saul Below) que a una novela de género. El resultado es similar a oír una larga obertura, muy prometedora, algo así como el preludio de Tristán e Isolda de Wagner. Tras el que los músicos guardan los instrumentos y se despiden y termina el libro.



Por ello, ni recomiendo ni rechazo este libro. Hay estilo, hay vida. Pero no hay, aún, una historia que te atraiga, que te haga aceptar ese arranque que no arranca, la sofisticada estructura que se guía, ay, por las casillas zodiacales, los atisbos sobre el mago isabelino Jonn Dee o el filósofo inflamable Giordano Bruno vistos a través de las ficciones de Fellowes Kraft, un autor creado para ello y que tendrá su momento estelar, se supone, en el resto de la serie. No, no me convence del todo Crowley. Copio aquí un fragmento que dice de qué va, de qué deberá ir, la cosa: "Hay dos países diferentes. Uno, el que yo soñé e imaginé, que también tiene una historia, como la tiene Egipto, una historia igualmente larga pero diferente, y monumentos diferentes, o los mismos monumentos pero con significados totalmente distintos; y una literatura y una ubicación también diferente. Puedes rastrear la historia de Egipto, más y más atrás, y en un determinado momento (o en varios momentos distintos) la verás bifurcarse. Y puedes continuar con una u otra: la del libro de historia clásico, Egipto, o la otra, la soñada. La Hermética. No Egipto, sino Aegipto. Porque hay más de una historia del mundo."

Avisados quedamos. Pero no seducidos. Por ahora. O por nunca.

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