lunes, 29 de septiembre de 2014

Víboras lúbricas

Tuve una amiga, valiente y con mucha historia detrás, la gran historia del mundo vivida entre bambalinas, en la oscuridad discreta pero desde muy adentro. Se llamaba María de Lecea, y había vivido el error de la Guerra Civil española como esposa de un comunista de los que había acompañado a los niños españoles al paraíso de Stalin. Tras la Segunda Guerra Mundial, aceptó formar parte del gran grupo de profesionales que fueron a China, tras el triunfo de la revolución maoísta, a a fortalecer el nuevo régimen. Allí estuvo, con algún fructífero y extenso paréntesis en la Argelia de (y con) Bumedian, hasta que los acontecimientos de Tian An Men aconsejaron la repatriación de españoles y he aquí que recaló en Málaga donde, como traductora de chino y de ruso, pasó sus últimos y felices años. En una conversación de historietas y de Historia, María sonreía y contaba el asombro que le causaba escuchar en la radio china, en plena Revolución Cultural, "víboras lúbricas" a los que pronto serían exterminados. Se habían acabado los insultos usuales, las acusaciones, los dicterios de furia y azufre. Sólo quedaba eso, acabar con las víboras lúbricas.


Ahora, septiembre agonizante de 2014, vuelven las víboras lúbricas. Leo una discusión en facebook propiciada por una amiga de la infancia de mi esposa (mi esposa catalana, mi esposa española). Los españoles que creemos en la Constitución, en la Ley de Leyes, pasamos a ser fascistas, defensores de un régimen corrupto y opresor nazi-fascista. Somos incultos, bárbaros, enemigos de la libertad. Víboras lúbricas. Y todo esto no ha hecho sino comenzar. No quiero entrar en la ficción totalitaria y falaz de los nacionalistas catalanes, en la usurpación de un derecho que a todos los españoles nos pertenece. No lo haré. Mi postura contraria a las divisiones es notoria. Lo que me espanta es justamente eso, hasta dónde se agota la razón, desaparece y se convierte en la transformación idiota de las manipulaciones históricas, los sofismas, la reducción al absurdo y el prodigio gilipollas de la transformación del otro en serpiente lúbrica.  


La serpiente, víbora o no, se muerde la cola. Gira el tiempo, se repite como una maldición. Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver (y con esto cito aquí el inicio de "A las barricadas"). Volvemos a las andadas, la furia española, el cainismo que nos une, asoma el hocico. Recuerdo los versos, los repito como un ruego, del poema de Fernán González: "Señor: ¿por qué nos tienes a todos fuerte saña? / Por los nuestros pecados non destruyas a España". Y más, el Criticón de Gracián: "-Mirad ahora hacia España: ¿qué veis? -Veo -dijo Andrenio- que las mismas guerras intestinas de agora doscientos años pasan del mismo modo, las rebeliones, las desdichas del un cabo a otro". 

La congoja, incluso el miedo, agitan a esta víbora lúbrica en esta hora grave y peligrosa de nuestra Historia, en la que las razones no valen. Miro alrededor, buceo en la memoria, busco trozos de madera para construir algo que flote en la zozobra. Don Miguel de Unamuno, convertido, de puro español y trágico y místico, en patrón de los que somos víboras lúbricas. Copio el final de su alocución con la que en 1934 se despedía de la docencia y de sus alumnos, en presencia del jefe del estado que a la sazón era Manuel Azaña. Tras las palabras de Unamuno, nada más podría añadir: 

"Se conquista con la palabra. Más ha ganado para España el Verbo castellano por la pluma de Cervantes en su Quijote, hijo de palabra, que ganó Juan de Austria con su espada en la batalla de Lepanto. Me he esforzado por conocerme mejor para conocer mejor a mi pueblo –en el espejo, sobre todo, de su lengua–, para que luego nos conozcan mejor los demás pueblos –y conocerse lleva a quererse– y, sobre todo, para ser por Dios conocidos, esto escombrados, y vivir en su memoria, que es la Historia, pensamiento divino en nuestra tierra humana. Y mis últimas palabras de despedida, compañeros de escuela, maestros y estudiantes, estudiosos todos: Tened fe en la palabra que es la cosa vivida; sed hombres de palabra, hombres de Dios, suprema Cosa y Palabra Suma, y que Él nos reconozca a todos como suyos en España. ¡Y a seguir estudiando, trabajando y hablando, haciéndonos y haciendo a España, su historia, su tradición, su porvenir, su ventura! Y ¡a Dios!"


domingo, 7 de septiembre de 2014

Lecturas: Sagas artúricas. Versiones nórdicas medievales

De las pocas gratificaciones que me aportó estudiar Filología una de las más deleitables fue descubrir la literatura francesa medieval. Más allá de la Chanson de Roland, o de las gamberradas de un irreverente poema anónimo sobre una peregrinación a Jerusalén en clave macarra, es la materia de Bretaña, la literatura artúrica, un género literario provisto de un encanto especial y que produce, cual sirena sobre la roca, la tentación del regreso. De ahí que decidiera probar fortuna con este volumen, que ofrece lo mismo pero desde el remoto norte. Para quien no haya tenido el gozo de conocer las ficciones de Chrétien de Troyes, será una grata lectura. Para los que ya hayamos pasado por esa experiencia, será un hastío. Me explico. Se recoge aquí la traducción española de las traducciones que en el medievo se hicieron al noruego de varias de las novelas de Chrétien, despojadas de lo que el rubicundo traductor consideraba presscindible: Erec y Enide, El caballero del león y Perceval o la historia del grial encuentran aquí su versión nórdica e inferior. A lo que se une una versión de la historia de Tristán e Isolda, algunos lais bretones y un fragmento de la Historia de los Reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth. Cosas que se leen con agrado si se desconocen previamente. Pero no es el caso. Supongo que la prueba por hacer de leer el Quijote en español en un volumen que fuera la traducción española de la traducción inglesa, por caso, puede llevar a una perplejidad, un hastío, similar. 

Salvaré, por salvar algo, la rareza de que la historia de Tristán e Isolda (aquí Tristram e Ísodd) sitúa al enamorado con mando militar en España, una nación que previamente estaba gobernada por  el rey al que arrebata el reino nada menos que un monarca ruso: Elemmie de Hólmgardr. El español depuesto recibe el nombre de Hlödvir. Nada menos.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Ficciones alternativas


Además del clásico de Philip K. Dick, quien en el delirante final de su vida, marcado por consumo de drogas y alucinaciones religiosas, llegó a creer que vivía realmente en un universo ucrónico en el que el Imperio Romano pervivía en el momento de su muerte en 1982, la ucronía como género literario dará en el siglo XX títulos tan interesantes como “Lo que el tiempo se llevó” (XXX) de Ward Moore en el que un viajero en el tiempo altera involuntariamente la Guerra de Secesión norteamericana llevando a la Confederación a la victoria (estos Estados Unidos son objeto de un una reciente película, “C.S.A. (Confederate States of America)” en la que se llega a mostrar, como en un falso documental, venta de esclavos a través de teletienda), “Patria” (1992) de Robert Harris, ambientada en la Alemania de los años 60 que sigue siendo nazi, al igual que sucede en la antología “Hitler victorioso: once relatos de la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial” (1988),  “Pavana” (1968) de Keith Roberts donde se muestran los efectos de una conquista española de Inglaterra gracias a la exitosa Armada Invencible, con el resultado de que la Revolución Industrial se da mucho más tardíamente y el peso de la Iglesia católica, Inquisición incluida, es abrumador. Acaba de aparecer en español “Britania Conquistada”, del especialista en el género Harry Turtledove, una ucronía muy sugerente y documentada en que la Invencible triunfa, España ha asentado su dominio en tierras inglesas, la reina Isabel I está prisionera en la Torre de Londres, los ánimos de los nacionalistas ingleses empiezan a inquietarse y el servicio de espionaje español encomienda una obra que alabe las virtudes de Felipe II que encarga a William Shakespeare al que se le sitúa, para comprobar su fidelidad a la monarquía hispánica, al capitán Lope de Vega. Por otro lado, las ucronías españolas tienen excelentes ejemplos en dos novelas de 1976,  “En el día de hoy” de Jesús Torbado y “El desfile de la victoria” de Fernando Díaz-Plaja, ambas bajo la premisa del triunfo republicano en nuestra Guerra Civil. La más reciente y valiosa, literariamente, de las ucronías viene de la mano de Philip Roth con su novela “La conjura contra América” en la que Roosevelt pierde las elecciones de 1940 y es elegido presidente Charles Lindbergh, que mantiene una política neutralista en la guerra, filonazi y atrozmente antisemita. 

                               CSA (Confederate States of America)

Ucronías: otro mundo es posible

[Hace algunas semanas publiqué en este blog un comentario sobre "Britania conquistada", una novela ucrónica de Harry Turtledove. Recupero aquí un artículo breve y otro extenso, publicados en diario Sur hacia septiembre de 2005, para conocer mejor ese género usualmente fascinante.]


Si éste no es el mejor de los mundos posibles, ¿entonces cuál lo es?
 Voltaire, “Cándido”, 1759

Un hombre escribe una novela en la que imagina que Japón y Alemania han perdido la Segunda Guerra Mundial. Mientras se escribe la novela, agentes de ambas potencias buscan al autor porque la encuentran subversiva, ya que fueron ambas naciones las verdaderas triunfadoras del conflicto y Estados Unidos está separado en dos zonas de ocupación, regidas por los vencedores. A grandes líneas, éste es el argumento de “El hombre en el castillo”, novela de Philip K. Dick publicada en 1962. Una ucronía que tiene como tema la negación de la misma. Pero antes de avanzar más allá, definamos qué significa tal palabra.

Según un artículo de Gilberto Quintero Ramírez, la definición sería la siguiente: “Dícese de la literatura que especula sobre mundos alternativos en los cuales los hechos históricos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos”. El término fue acuñado por Charles Renouvier en su libro de 1876 “Ucronía (La utopía en la Historia). Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea del modo que no ha pasado pero que podría pasar”, con la distinción de que si utopía es lo que no existe en ningún lugar, ucronía es lo que no existe en ningún tiempo. Así, la ucronía pertenece de lleno a la literatura especulativa, pero no sólo a la literatura sino a la historiografía, al ser en ella misma donde tiene su primera manifestación y en la que ha tenido sus últimas manifestaciones de reconocimiento oficial. Así, la primera ucronía conocida la recoge Tito Livio en el noveno libro de su clásica “Historia de Roma desde su fundación” al contemplar la posibilidad de que Alejandro Magno hubiera llevado sus anhelos de conquista hasta atacar Roma en el siglo IV a. C. No es raro que una ucronía pueda, por tanto, desembocar, y hasta confundirse a veces, en una utopía, ya que cada cambio histórico puede dar lugar a cambios socialesy políticos más que destacables y no siempre negativos.


Siglo XIX

Tras la conmoción que supusieron las guerras napoleónicas, en pleno romanticismo y poco después de que Mary Shelley hubiera dado lugar al nacimiento oficial del género que hoy llamamos ciencia ficción (en el que suelen encuadrarse las ucronías como un subgénero) con su novela “Frankenstein o el Moderno Prometeo” (1816), el autor francés  Louis Napoléon Geoffroy-Château publicó en 1836 el libro “Napoleón y la conquista del mundo, 1812-1823: Historia de la Monarquía Universal” en la que imaginaba el triunfo absoluto de Bonaparte tras haber decidido abandonar la campaña de Rusia antes de que el invierno de 1812 marcara su primer gran revés y el inicio de su caída. El atractivo de esta propuesta para el nacionalismo francés dio lugar a diversas obras en las que a partir de estos postulados se creaban nuevas e imaginarias biografías de Napoleón. En el ámbito anglosajón el género nacería en 1846 con el relato de Nathaniel Hawthorne “P.S. Correspondence”, aunque habría de esperar a 1895 para que Castello Holford  publicara la primera novela en inglés, “Aristopía. Una novela-historia del Nuevo Mundo”, en la que el masivo descubrimiento de oro por parte de los primeros colonos de Norteamérica da lugar a una sociedad utópica.


Siglo XX

Las ucronías no tardaron en convertirse en una moda de rápido, aunque restringido, éxito, cuyo siguiente hito sería, continuando con las teorías napoleónicas, el ensayo, de 1907, escrito por el historiador británico George Macaulay Trevelyan sobre si Bonaparte hubiera ganado la batalla de Waterloo, lo que coinduce al Reino Unido al “trillado camino de la tiranía y el oscurantismo”. Pero el verdadero éxito “académico” de las ucronías llegará en 1932 con la obra editada por John  Collings Squire “Si hubiera sucedido de otra manera. Lapsus de Historia Imaginaria” en la que escritores y periodistas de prestigio aventuraban sus propias historias alternativas. Así, Philip Guedalla imaginaba una España en la que los árabes hubieran vencido a la Reconquista y que en el siglo XVIII se convierte en un imperio musulmán, o Chesterton imagina la boda de Don Juan de Austria con María Estuardo, H. A. L. Fischer imagina a Napoleón escapando a América y uniéndose a Bolívar, Harold Nicolson sitúa a Lord Byron como rey de Grecia, Milton Waldman conjetura lo que hubiera pasado si Lincoln hubiera sobrevivido a su magnicidio, André Maurois inventa una Francia sin revolución gracias a la imaginada valentía de Luis XVI y el propio Winston Churchill da una vuelta de tuerca al ponerse en la piel de un historiador norteamericano y sudista, en unos Estados Unidos en que los confederados habrían ganado la guerra, que elucubra cómo sería el país si hubieran sido las tropas del Norte las vencedoras. Como se ve, el germen de la idea de la novela de Philip K. Dick está en esta fantasía de Churchill. Más imaginativa literariamente es la hipótesis escrita por el propio Squire acerca de qué hubiera pasado si en 1930 se hubiera descubierto que Sir Francis Bacon fue el verdadero autor de las obras de Shakespeare. Y además, Shakespeare sería el autor de las obras de Bacon.



Bajo el influjo de Clío

La historiografía reciente se ha ocupado también de este juego, o ejercicio, de la ucronía, en dos libros recientes,  “Historia virtual. ¿Qué hubiera pasado si...?” (1998), editado por Niall Ferguson en el que historiadores de diversos países imaginan con el mayor rigor alternativas entre las que las más sugerentes son la inexistencia de la Independencia de Estados Unidos, de la Guerra Civil Española y del derrumbe del comunismo, así como la invasión nazi de Inglaterra, e “Historia virtual de España (1870) ¿Qué hubiera pasado si...” (2004) en el que se va desde el no asesinato de Prim hasta el no apoyo de Aznar a la invasión de Irak, pasando por el hipotético rechazo de Alfonso XIII al golpe de Primo de Rivera, la participación española en la Segunda Guerra Mundial y la supervivencia de Carrero Blanco.